Las personas que no han desarrollado una confianza interior en ellas mismas, su desnudez las impide desplegar su verdadera identidad. Para estas, por ejemplo, sobrevivir en los campos de exterminio nazi o en el gulag les fue imposible. Sin un pasado positivo, en estas circunstancias, no se tiene nada sobre lo que sostenerse para poder organizar nuestras energias y armar una versión moral de nuestro ser. Según Arno Gruen, uno de los psicólogos sociales más prestigiosos de Alemania, «quienes tienen que negar su sufrimiento solamente pueden desahogarse a través del sufrimiento que supuestamente les infligen los «extraños». Ahí está la causa del sorprendente éxito de Hitler, quien logró transmitirsu propia manía persecutoria como una experiencia real a toda la nación alemana. Millones de personas hicieron suyas las proyecciones patológicas de Hitler considerándolas una ofensa real, porque no podían admitir su verdadera condición de víctimas en su historia vital. Este peligro sigue existiendo. Este mecanismo psicológico sigue funcionando hoy en día cuando algunos políticos se presentan como víctimas en beneficio de sus intereses de poder. Las personas siguen siendo receptivas a un Hitler si no pueden desahogarse de su sufrimiento real» (A. Gruen, El extraño que llevamos dentro, Arpa, Barcelona 2019, 37).

Las personas tienen que callar su sufrimiento porque esto podría destapar su antiguo terror de niños, cuando en medio de una soledad emocional total, sus gritos nunca fueron escuchados. En estas circunstancias la persona no es capaz de vivir su propio sufrimiento ya que se odia por ello. Más bien derivará este odio hacia otra persona, castigándola o torturándola con la intención de liberarse de su humillante sufrimiento. Así, uno castiga a otro por algo que uno mismo había sido castigado tiempo atrás. Como escribió Jean Améry (1966) torturado por la Gestapo: «Quien ha sido torturado… Quien fue sometido a la tortura ya no puede sentirse en casa en el mundo. La humillación del aniquilamiento no se puede borrar. La confianza en el mundo, desmoronada no se puede borrar. La confianza en el mundo, desmoronada ya desde el primer golpe y hundida por completo en la tortura, no vuelve a recuperarse» (Ibid., 38). Pero la dignidad interior permanece. El comportamiento de los supervivientes es parecido al de los llamados enfermos mentales: sumisión externa y persistencia interna en una visión propia.

En general, enfrentarnos a la verdad nos cuesta. Las negaciones cotidianas son una parte «normal» de nuestra cultura. Estamos todos presos de miedo a ver lo que realmente es. Reconocerlo supondría un tipo muy distinto de psicopatología al que es habitual hoy en día. Clasificamos como normales a aquellas personas que se adaptan a la negación general y que, así, operan con éxito en nuestra cultura. Es esperanzador que haya personas que, al menos hasta cierto punto, se puedan liberar.