Del latín seductĭo, la seducción es la acción y efecto de seducir. Esto supone la capacidad de inducir a una persona a que realice una determinada acción o participe en un determinado comportamiento. La seducción, por lo tanto, está asociada a la persuasión. Provocar la atracción de forma consciente es el objetivo de la seducción. El significado habitual del término está relacionado con lo sexual: seducir a una persona es conquistarla para entablar una relación íntima.

Para unos la seducción consiste en atraer un apoyo automático de la gente, tanto en el amor como en otros ámbitos; es algo que se tiene y se potencia con el fin de conseguir aquello que deseamos. Para otros, sin embargo, la seducción es sinónimo de venta, de convencer a alguien de que tenemos algo que en realidad no tenemos, una mera técnica social.

G. Lipovetsky, prestigioso sociólogo, en su libro La era del vacío: Ensayo sobre el individualismo contemporáneo, (Anagrama, Madrid 2003), reflexiona sobre la sociedad actual y dice que uno de los rasgos característicos del momento presente es el clima de seducción que parece impregnar cada vez más la vida. La seducción ya no es algo que se produce en las relaciones interpersonales, sino que se va convirtiendo en un elemento que tiende a regular el consumo, la organización de la vida, la educación, las costumbres. Esta sociedad seductora genera personas de voluntad débil, engañadas por toda clase de cebos y reclamos. Sin embargo, una vida personal digna exige con frecuencia no ceder ante las seducciones, como lo hizo Jesús en el desierto, que pueden destruirnos como personas. Esto fue, también, lo que motivó a los Padres del desierto, que llevaban una vida ascética y se preocupaban de eliminar los demonios de su intrior, gracias al silencio contemplativo, que los hacía humildes.

Hoy tenemos muchos sonidos a nuestro alrededor, comenzando por las noticias sobre tragedias, política, economía, religión , deporte, sociedad etc. Hoy tenemos muchas formas de entretenimiento a nuestro alcance especialmente en el campo audiovisual: música, películas, series, video-juegos, tertulias, etc. También estamos conectados con los demás constantemente: grupos de whatsapp, notificaciones digitales, etc. Por otro lado los que vivimos en ciudad estamos rodeados de ruidos por todas partes. Así, entre sonidos y ruidos en nuestro mundo cada vez menos el silencio tiene espacio.

¿Por qué debemos silenciarnos?. En primer lugar necesitamos una cierta dosis de soledad para poder gestionar nuestra propia vida..En segundo lugar necesitamos también desconectarnos, regular el uso de la tecnología. En tercer lugar necesitamos hacer silencio, tomar distancia, ir al desierto. Hacer silencio es un mirador adecuado para discernir y tomar las decisiones adecuadas. Hacer silencio es ir en búsqueda del sentido de nuestra propia vida, ir a lo más profundo de nosotros para tener un corazón agradable a Dios.

¿Qué puede ayudarnos a silenciarnos? En primer lugar la reflexión, en un mundo donde todo tiene que se rápido e inmediato y no hay tiempo para pensar las cosas. En segundo lugar la lectura que necesita de tiempo y de desconexión para leer y dialogar por dentro. En tercer lugar la peregrinación donde hay largos ratos de desconexión y distanciamiento de las urgencias y ruidos de la vida contemporánea. En cuarto lugar el diálogo, donde debemos integrar también el silencio en la conversación para que no sea ni debate ni monólogo. Se trata de un encuentro interpersonal profundo donde nos abrimos al otro. En quinto lugar la experiencia estética que apunta a algo más y que requiere capacidad de observación y de contemplación. Por último, en sexto lugar, la oración sileciosa o el silencio contemplativo donde se adivina una Presencia.