«El amor de Dios ha sido redamado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Se trata del amor con que Dios se ama a sí mismo. Este amor que es la gracia increada pruduce un efecto o una gracia creada en nosotros, que es la caridad. San Juan Crisóstomo (347-407) lo expresa con estas bellas palabras: «La caridad te presenta a tu prójimo como otro tú mismo; te enseña a alegrarte de sus bienes como si fueran los tuyos y a conllevar sus penas como tuyas. La caridad reúne un gran número en un solo cuerpo y transforma sus almas en otras tantas moradas del Espíritu Santo. Pero el Espíritu de la paz no descansa en medio de la división, sino de la unión de corazones… La caridad hace poner en común los bienes de cada uno» (De perfecta caritate, PG 56, 281). La caridad realiza una comunicación de los bienes espirituales. Lo que hay en uno se inscribe para beneficio del otro, como la salud de un miembro beneficia a la totalidad del cuerpo.

Porque los principios de unidad son reales y firmes, podemos creer más allá del mundo y amar hasta en el mundo de Dios, hasta en su corazón y con su corazón. Por esta razón, la comunión de los santos se extiende hasta los bienaventurados del cielo y a nuestros difuntos del velo que los oculta a nuestros ojos. El Espíritu Santo, al encontrarse en todos los miembros del cuerpo de Cristo, hace posible entre ellos una intercomunicación de energía espiritual. No solo se nos comunica el mérito de la pasión y de la vida de Cristo, sino que todo lo que los santos han hecho de bueno se comunica a los que viven en la caridad, porque todos son uno. La oración por los difuntos se apoya en que la muerte no puede separarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor, como dice Rm 8, 38-39: «Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro». La eficacia de la oración se fundamenta en la unidad de la caridad. Esta unidad establece el vínculo entre la Iglesia de la tierra y la que se encuentra más allá del velo. Como dice Yves M. J. Congar, «la liturgia de la Iglesia está llena del sentimiento de que estas dos partes de un mismo pueblo están unidas en la alabanza y celebran el mismo misterio, especialmente en la eucaristía» (Cf. Quodl. II, 14; VIII, 9). Entonces, ¿Qué no osaríamos creer y profesar si el Espíritu Santo, personal e idénticamente el mismo, está en Dios, en Cristo, en el cuerpo de éste y en todos sus miembros vivos?