La filósofa francesa Simone Weil, judía, revolucionaria, heterodoxa, apasionada, radical, estuvo al lado de los más desfavorecidos en las fábricas, en las huelgas, en las guerras, en el exilio, en la adversidad y hasta en la muerte. Estamos ante una de las grandes místicas judías de la modernidad junto a Edith Stein o Etty Hillesum. Como ella misma afirma en Carta a un religioso, su vocación es «ser cristiana fuera de la Iglesia», pero, como escribió en sus Escritos históricos y políticos: “Yo no soy católica, aunque nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno. A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente”. Quien mejor ha descrito a la joven Weil de aquellos años ha sido otra filósofa, Simone de Beauvoir, que fue una de sus compañeras de estudios: “Una gran hambruna acababa de asolar China. Me contaron que cuando lo supo se puso a llorar. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Yo envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero. Un día logré acercarme a ella. No recuerdo cómo comenzó la conversación; afirmó de manera tajante que solo había una cosa importante: hacer una revolución capaz de saciar el hambre de todos los hombres. Yo contesté que el problema no consistía en la lucha por la felicidad de los hombres, sino en dar sentido a su existencia. Entonces me miró y contestó tajantemente: ‘Se nota que usted nunca ha pasado hambre’. Nuestra relación acabó allí. Me percaté de que me había catalogado como una pequeña burguesa espiritualista”. Todo el pensamiento de Simone Weil es un intento desesperado  por formular el grito del desgraciado, y por ello es un pensamiento esencialmente comprometido y compasivo.

El libro está estructurado en tres partes con diez apartados en cada una de ellas. En la primera parte, Una vida intensa y corta,se destaca el tiempo como profesora de Filosofía; su experiencia como trabajadora en una cadena de montaje; su participación en la guerra española; el tiempo del nazismo, su estancia en Marsella y su exilio a Estados Unidos; su regreso a Ingalaterra y, finalmente, sus últimos días. En la segunda parte, Pensamiento, se pone de relieve su compromiso con los últimos; su búsqueda de la verdad; los deberes hacia el ser humano; la crítica al progresismo marxista; su relación con la ciencia y su oposición al colonialismo entre otros aspectos. Y en la tercera parte, Espiritualidad, trata del amor sobrenatural de Dios; la importancia de la atención; la belleza del mundo; la atención a los más desgraciados; la compasión; la atención como oración; sus experiencias religiosas; su profesión de fe y su decisión de no recibir el bautismo.

En una carta enviada a Maurice Schumann, apenas unas semanas antes de su muerte, escribe Weil: «para mí personalmente la vida no tiene otro sentido, y en el fondo jamás ha tenido otro sentido, que la espera de la verdad». Para ella a la verdad no se la puede alcanzar, únicamente se la puede esperar, labrando el camino aguardando su llegada, y preparar así el alma en silencio y soledad para recibirla. El camino hacia la verdad es el camino de la renuncia y la atención, porque en el pensamiento weiliano todo conocimiento de la verdad pasa necesariamente por el camino de la desgracia. Pero cuando el trabajo acaba con nuestras fuerzas y aniquila nuestro espíritu, nos hace inevitablemente tomar conciencia, afirma Weil, de que «el bien real no puede venir más que de fuera, nunca de nuestro trabajo», pues «sólo tras una larga y estéril tensión que acaba en desesperación, una vez que ya no hay nada que esperar, es cuando de fuera, oh maravillosa sorpresa, viene el don».