El Espíritu Santo, único y omnipresente, trascendente e interior a todos, sutil y soberano, respetuoso de las libertades y poderoso para inspirarlas puede promover la comunión, muchos en uno, pues al final «Dios será todo en todos» (1 Cr 15, 28), es decir, una vida única animando a una multitud sin profanar la interioridad de nadie, como en el Sinaí donde Dios hacía arder la zarza sin consumirla (Ex 3, 1-6). El Espíritu es una realidad escatológica. Aquí solo tenemos las primicias del Espíritu y «gemimos en nuestro interior anhelando la liberación de nuestro cuerpo» (Rm 8, 23). Es la máxima comunicación de Dios mismo. Dios como gracia, Dios en nosotros. Esta comunicación y esta interioridad no desembocan en una fusión; es una habitación mutua del uno en el otro, él en nosotros y nosotros en él, sin confusión de personas. De esta manera realiza el Espíritu la interioridad mutua, del todo en cada uno. El espíritu logra que todos seamos uno y que la unidad sea multitud. Así, el Espíritu es el principio de la comunión de los santos y de la comunión sin limitaciones. Vivir la comunión de los santos implica vivir y comportarse como un miembro consciente de un todo orgánico, pensando y queriendo en el espíritu y corazón de todos.

La comunión de los santos realizada por el Espíritu santo trasciende el tiempo y el espacio. «El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta sino que hablará lo que oiga y os explicará lo que ha de venir» (Jn 16, 13). El Espíritu actualiza y hace comprender las acciones y palabras de Jesucristo: «os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). De esta manera el Espíritu es en la Iglesia, el principio de la presencia del pasado y de lo escatológico en el momento actual, nuestro tiempo sacramental. Hace una a la Iglesia, desde Abel el justo hasta el último elegido, la Iglesia de la tierra y la del cielo, porque está el mismo Espíritu en todos.