Mientras vivimos en esta tierra, «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros.  Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios.  La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia. Y de igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rm 8, 18-28). Para nosotros la salvación consiste en alcanzar nuestra plenitud, es decir, compartir la naturaleza divina ya que nada finito puede satisfacer a nuestro ser. El ser humano y toda la creación pueden alcanzar esa plenitud, porque en la raíz misma de la creación esta el mediador, el Cristo, que no solo crea todas las cosas, sino que lo diviniza todo por medio de la gracia del Espíritu divino, de modo que, después de la aventura espacio-temporal de toda la creación, la vida divina de la Trinidad lo impregne todo y Dios sea todo en todos. Como dice la Escritura: »Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos» (1Cr 15,28). Así pues, la meta de este peregrinar es la plenitud y no la nada. Esta es nuestra esperanza.