Quien perdona los pecados es Dios y solo Él. Y esto lo hace por medio de sus pastores legitimamente constituidos u ordenados. Pero ha habido corrientes dentro de la Iglesia, debidamente desautorizadas en su momento, que se abrían a otras posibilidades movidos por el Espíritu de Jesús Resucitado. Pongamos un ejemplo: San Simeón el Piadoso (+987), llamado también «Nuevo Teólogo» por significar que ha hecho y comunicado una nueva experiencia de Dios. Para este santo la pneumatología tiene una cierta autonomía no en relación a Cristo, sino en relación a las instituciones sacramentales y jerárquicas. Así, por ejemplo, el sacramento del bautismo en cuanto a tal no es más que una figura, un anuncio, un comienzo o un incentivo. Debería ir seguido de un bautismo del Espíritu que lo hace eficaz, fructuoso, verdadero. Simeón no niega el sacramento del orden, pero condena, ante todo, a aquellos que se designan a sí mismos para una tarea tan sublime. El sacramento sin el Espíritu es vano. También la dignidad del abad y del sacerdote, aunque sea canónica, no habilita, como tal y solo, para comunicar el espíritu, para abrir, atar, desatar, por la llave del espíritu. Este don es conferido únicamente por el Espíritu mismo a quien se ha abierto o ha correspondido a su venida por la penitencia y la ascesis. Por tanto, según el santo abad, para reconciliar con la santidad de Dios es necesario ser santo uno mismo; para dar el Espíritu Santo es necesario tenerlo uno mismo mediante la pureza de vida. Solo pueden atar y desatar las personas que tienen el Espíritu y lo manifiestan en su vida. Conviene confesar los pecados a personas espirituales, podría concluir el santo.