Para la vida del ser humano la muerte es un absurdo y un sinsentido. En realidad, en sí misma la muerte del ser humano no tiene sentido, no es más que “dejar de ser”. Cuando alguien muere pierde la capacidad de relacionarse con el mundo exterior y de relacionarse consigo mismo y, por tanto, de dejar de ser.La muerte se nos presenta como lo más cierto que le aguarda a nuestra vida y, al mismo tiempo, como aquello que nos saca de la vida. En sí misma la muerte es indefinible, simplemente porque definir algo es un acto de dominio sobre lo definido: para definir la muerte tendríamos que dominarla. Y, en realidad, es ella la que nos domina a nosotros. No es posible hablar de la muerte como una propia experiencia. Los que realmente han hecho esta experiencia, ya no nos hablan. Al referirnos a ella, decimos cosas en relación a algo que situamos como futuro o posibilidad. Visualizamos, por tanto, a la muerte como una realidad que nos aguarda. Esta experiencia básica del tener que morir equivale a captar que nuestra vida se va a terminar. Estar vivo pero tener que morir no es la constatación apática de un hecho normal y natural, sino que despierta una tensión entre la experiencia de estar vivos y el tener que morir como un destino que nos asusta y produce en nosotros rechazo. Para el ser humano vivir es ser, y morir es dejar de ser. La muerte equivale al no-ser. En realidad, desde el punto de vista biológico la muerte constituye un fenómeno absolutamente natural y requerido por el ciclo vital. Para la biología la muerte es un fenómeno absolutamente natural que se define negativamente en relación a la vida. Pero la inevitabilidad de la muerte no es un acontecimiento desligado, sino que se refiere a una persona que es capaz de experimentarse como libre, esto es, como sujeto de una historia y, a la vez, como ser constantemente amenazado por un destino de no-ser. La muerte pone en cuestión el sentido que pueda tener la vida humana.

Que el hombre no se conforma ni se da por satisfecho con una explicación de la muerte como fenómeno natural, lo pone de manifiesto su constante búsqueda de la inmortalidad como “bien que conviene a su ser”. La búsqueda de inmortalidad es una constante religioso-cultural: “Es probable que la creencia de que se sobrevive a la muerte física sea instintiva en el hombre; los ritos funerarios así lo atestiguan desde los albores de la civilización” (S.G.F. Brandon, Art. Inmortalidad, en Diccionario de Religiones Comparadas, Madrid 1975, 815.)

El que la muerte no constituye para el hombre un fenómeno natural, no es un fenómeno constatado tan solo por la psicología y la etnología. El rechazo a la muerte no proviene de un apego meramente animalesco a la vida en cuanto proceso vegetativo y sensitivo, sino que se funda en la experiencia que el hombre hace de sí como ser libre. Siendo la libertad un momento necesario y fundante del ser del hombre, la muerte, entonces, no cabe. Morir equivale a no-ser, a dejar de ser, y la libertad -en cuanto dimensión propia de la existencia humana- consiste en estar abierto infinitamente y sin límites en el ser. Al experimentarse como libre, el hombre transgrede la necesidad natural de morir. Cuando ama, la incongruencia de la muerte es todavía más nítida. Recordemos la afirmación de Gabriel Marcel: “Amar a un ser es decirle: `tú no morirás‘” ( La mort de demain, París 1931, 161.).

Para Francisco de Asís, la «hermana muerte», como él la llamaba, es una buena hermana mayor y una buena pedagoga. Si sabemos escuchar, nos enseñá tres verdades: a) Que aquí en la Tierra no tenemos una morada estable, pues somos mortales; b) Que para los ceyentes esta vida no termina con la muerte, pues nos espera la vida eterna; y, c) Que Jesús está con nosotros a pesar de los envites de las olas de la vida. Y en cuanto si la muerte es una buena pedagoga, basta colocarse en ella para ver el mundo, a uno mismo y todos los acontecimientos en su verdad, pues todo se pone en su justo lugar. El pensamiento de la muerte nos impide aferrarnos a las personas y cosas. La Inteligencia Espiritual tiene que contar con la muerte para lograr el sentido de la vida.