El asombrarse nos conecta con algo más allá de nosotros, pues lo real esconde algo que me supera. Si solo admiramos y no nos preguntamos por el Artista, estamos ciegos ante la realidad. Al asombrarnos contectamos con algo distinto de mí, inaccesible y misterioso que no se puede explicar. Si estamos atrapados en lo visible, dificilmente podremos intuir su entraña invisible. Para poder descubrirlo deberemos poner atención en las cosas que enriquecen el alma. Habrá que emprender un camino de purificación de la mente para llegar a la paz interior y a la pureza de corazón. J.M. Fernández-Martos SJ al hablar del ser humano como capaz de grandezas y de miserias, se asombra como de un mismo corazón pueden surgir actos brutales de odio, venganza y muerte o entregados alivios de sufrimientos ajenos y nos dice: «la zarza de la propia intimidad solo muestra su fuego a quien se atreve a conocerse y rescata zonas de penumbra: sentimiento de culpa, temor a decir ‹no’, imperiosa necesidad de agradar, envidia a quien me supera. Si no quiero ser ‹okupa’ de mi mismo, de abordarlas en ratos de silencio y soledad en los que nos talla el ‹herrero trascendente’ (Ortega y Gasset)» (Mirar, estremecerse, asombrarse, Sal Terrae, 2020, 68). La música puede ser un medio para atisbar lo sagrado.