En el proceso de conocer tenemos dos accesos: a) el que nos proporciona la Inteligencia Racional (IR) por medio de la observación, el dictamen de leyes y la determinación tecnológica; b) el que nos proporciona la Inteligencia Emocional (IE) por medio de la imaginación creadora, gracias a la intuición y los símbolos, que nos dan acceso a las expresiones de lo sagrado, que son los arquetipos, conduciéndonos a la experiencia de la iluminación gracias a la Inteligencia Espiritual (IES), por medio del silencio contemplativo.

Cuando la imaginación simbólica se concibe como el único y verdadero instrumento de conocimiento y se antepone el símbolo al ser, a la existencia, a la historia, encerrándose en la experiencia interior sin abrirse a la trascendencia, nos encontramos con el narcisismo espiritual.

El racionalismo nos dificulta acercarnos a la mística y puede llevarnos al gnosticismo, que antepone la experiencia interior, el descubrimiento de las dimensiones más profundas del propio ser, a la experiencia más completa por ser interna y externa, histórica y metahistórica, que es la mística. El gnosticismo confunde la espiritualidad trinitaria no dual con el monismo, que reduce todo, en último término, a las dimensiones más elevadas de la realidad, manteniendo una visión eleitista y rígida de la realidad. Es decir, el Uno por encima del todo, por encima de la pluralidad. En la espiritualidad trinitaria no dualista de la realidad, que es la mística, el Uno y lo plural son, en último término, la misma realidad ontológica, sin ser lo mismo y sin negar la realidad de una jerarquía de niveles de existencia, que quedan superados con la experiencia mística.