estanislao

La ermita está vacía. El ermitaño ha muerto. Descansa para siempre en la casa del Padre. En mi habitación tengo una fotografía de la ermita, y, a veces, de una manera ficticia, como antaño en tiempos de juventud cuando subía a visitarlo y después de rezar con él, haciendo silencio interior, dialogábamos sobre las más diversas cuestiones; ahora, como buscando lo esencial de las cosas, me gusta imaginar un posible diálogo. Y es que resulta que en el desierto, lo superficial desaparece y brilla con más fuerza lo esencial. Es por esto que, inmersos en este ambiente, establecemos la siguiente conversación:
¿Qué es para usted la familia?, pregunto al ermitaño.
“Decir familia, contesta, es hablar en términos analógicos, de Dios, que no es un solitario, sino familia, comunidad. Por eso, aunque veas a este pobre ermitaño que vive sólo, pero no de Dios. Y así, se vive la comunión universal con todas las criaturas…
Dios es Padre y Madre a un mismo tiempo, y nosotros, la creación entera, somos sus hijos en el Hijo. Y lo que nos une a todos es el Amor, el Espíritu Santo. Así, si no hay amor entre todos sus miembros, y, decir amor es decir “diálogo”, “comunicación”, no hay familia. A lo sumo tenemos un hostal, muy correcto si se quiere, pero en definitiva, un “hostal”. Por eso las personas que han carecido de este amor sufren un montón, a pesar de que la sociedad consumista intente suplir estas carencias con cosas, con la pretensión de que estas aportan “felicidad”. Los niños y los jóvenes, más que llenarlos con objetos, lo que necesitan es más “corazón” de nuestra parte.
La familia es el lugar primordial donde los demás potencian los dones que cada uno ha recibido y el lugar donde cada uno pone el empeño en desarrollar lo mejor de si mismo. Dice el libro de los Proverbios: “Hijo mío, escucha los avisos de tu padre no rechaces las instrucciones de tu madre” Los padres son la primera escuela. Antes de que seamos conscientes ya aprendíamos de ellos. Cuando nos llamaban despertaban nuestra conciencia. Aprendimos con ellos a hablar. El maestro adquiere la función paterna de educar. Pero tenemos otro Padre, Dios y otra madre, la Iglesia”.
Así, pregunto de nuevo al ermitaño, ¿el trabajo personal como vocación y el trabajo social están íntimamente relacionados?
“Trabajar en el desarrollo de los propios dones, afirma el ermitaño, es la vocación, que no se nos da para nosotros mismos, sino en función de los demás. Es verdad que el trabajo es una participación del ser humano en la obra creadora de Dios, instrumento de armonía y de belleza, realización de planes admirables que concurren a la unidad y felicidad de la familia humana; pero es también, y seguirá siéndolo hasta el final de los tiempos, “redención”. Por algo Dios, después del pecado, dijo a Adán esta frase tan dura: “Trabajarás con el sudor de tu frente”. El trabajo, que antes del desorden introducido por el pecado era solamente actividad y alegría, con el pecado y la rebelión, introducirá entre sus mallas el cansancio, el sufrimiento, el sudor. En una palabra se convertirá en trabajo redentor, ayudará a la persona a liberarse del mal, a pagar sus deudas con la justicia, a hacer cosas serias y útiles, a colaborar día tras día en su salvación. Quien desarrolla su vocación en esta dirección será “feliz”.
“Por el trabajo, continúa el ermitaño, la familia se mantiene y la sociedad se desarrolla. No poder trabajar es una desgracia. No poder desarrollar las propias potencialidades y no poderlas ofrecer al conjunto de la sociedad, es hacer que uno mismo y que la comunidad social sea “menos feliz”. Y trabajar en otras direcciones que nuestra vocación esencial es vivir “alienado” y a veces “corrompido” al vender el alma al diablo para obtener dinero, seguridad, éxito, fama, poder, etc. ¿Qué está pasando que hasta los más jóvenes aspiran a “ser jubilados”?
El paro es un mal personal y social muy grave, Es un cáncer para uno mismo, la familia y la comunidad. No es tan sólo carencia de recursos para la supervivencia, es la mutilación de la propia persona, es carecer de futuro. Las estructuras sociales a escala mundial deberían abrir caminos para que todos los humanos de la tierra, nuestros hermanos, tengan futuro, tengan la posibilidad de desarrollar su propia vocación por medio del trabajo, ofreciendo sus dones al resto de la comunidad.”
Llegados a este punto de la conversación, el ermitaño se pone serio al recordar el grito desgarrado de Ignacio Ellacuría, profeta y mártir de la justicia, que nos invita a todos a pasar de la civilización del capital, que por su propio desarrollo realiza muchas cosas, no solamente inútiles y engañosas para la humanidad, sino cosas que obligan a la mayoría de esta humanidad a vivir de una manera determinada y problemática, a la civilización del trabajo: “Se trata de que el motor de la historia sea el trabajo y no el capital. Trabajar para desarrollar la humanidad. Él lo decía con estas palabras: En cualquier orden económico en el que predomine la dinámica del capital por encima de la dinámica del trabajo, este orden es injusto, este orden configura todo un pecado estructural que genera todo el resto de pecados”.
Al terminar la conversación simulada con el ermitaño somos más conscientes de la enorme responsabilidad que tenemos de situar adecuadamente la familia y el trabajo en la órbita adecuada, una órbita que no sea alienante sino constructora de humanidad.