capilla-det-curia-claretiana-roma-parioliDesde un punto de vista antropológico podemos hablar de tres inteligencias en el ser humano: la Racional, la Emocional y la Espiritual. Pues bien, el silencio es el alimento de la Inteligencia Espiritual si queremos que esta se desvele en nosotros como desarrollo integral de nuestra persona. Normalmente permanecemos anclados en la Inteligencia Racional con nuestros análisis y juicios. Podemos dar un paso más con la Inteligencia Emocional generando empatía con todo lo que nos rodea. Pero la Inteligencia Espiritual solo se desarrollara en nosotros si hacemos silencio, donde descubriremos el sentido de la realidad y adquiriremos la sabiduría para conducirnos. De ahí la importancia del silencio. Y cuando decimo “hacer silencio” o “ir al desierto interior” estamos refiriéndonos a la misma realidad, ya que la imagen del desierto se asocia a un tiempo de soledad donde los apoyos cotidianos desaparecen enfrontándonos con nuestra propia realidad. El desierto nos fascina. Es el lugar por excelencia  del despojo supremo. Es un lugar necesario para la construcción de la propia persona, espacio de purificación y de abandono, lugar de las pruebas. Según las enseñanzas bíblicas ir al desierto no significa desertar de nuestra época, sino camino de tránsito hacia la tierra prometida. Por eso los grandes espirituales de los primeros siglos de la Iglesia han reflexionado más sobre los “desiertos interiores” que sobre los desiertos geográficos. Entonces, es verdad que hay que pasar por el desierto, que también puede ser geográfico, pero especialmente es interior, hay que recogerse, hay que hacer silencio, para tomar conciencia de la Presencia Amorosa de Dios que nos llama y que nos da una vocación, una misión, para vivirla en nuestro propio Nazaret. En definitiva se trata de un encuentro con nuestro Maestro interior, el Espíritu de Jesús Resucitado.

¿Es necesario este silencio interior? En el silencio nos autodescubrimos, vemos con mayor claridad nuestra propia vida, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, la calidad de nuestra existencia y lo que Dios y el prójimo espera de nosotros. El silencio condiciona el equilibrio de la existencia y su crecimiento. El silencio es como un pedagogo que nos enseña, en primer lugar a escuchar nuestra conciencia para conocernos mejor y poder así orientar nuestra vida; en segundo lugar, nos enseña  a escuchar a los hermanos que nos enriquecen con su diversidad y así los vamos queriendo cada vez más, y, finalmente, en tercer lugar, a escuchar a Dios que nos habla en lo más profundo de nuestro ser para comunicarnos su propia vida y darnos una misión. Si nos fijamos podríamos cambiar la palabra desierto por la de silencio. Entonces podemos afirmar: “Tiempo de desierto igual a tiempo de silencio”, es decir lugar donde se combate contra las fuerzas del mal  que anidan en nuestro propio interior; lugar de la purificación, y lugar donde adentrarse en el misterio de Dios.

Si la palabra no es frívola es preciso que nazca en el silencio. El silencio no es un repliegue sobre sí mismo, sino el de la toma de conciencia de sí mismo. El corazón o la conciencia es el centro de la vida moral de la persona. Es el lugar donde se decide la voluntad de Dios. La conciencia es “un corazón palpitante” del que brotan las decisiones, los discernimientos, los juicios, etc. Todo silencio verdadero es una oración. El momento en que tomo conciencia de lo que quiero decir, eso no me pertenece, pero si soy responsable de lo que manifiesto. La palabra no me pertenece. Yo sólo soy o existo en tanto que participación en una palabra que no es mía, sino la de Dios. Por tanto, el momento del silencio es el momento del despojamiento de mis intereses personales, deseos y egoísmos, para tratar de expresar una palabra que es más yo que mi propio yo; una palabra que está en mí sin ser para mí. La oración y la acción son dos momentos indisociables. Todo es diálogo, todo es soledad. Diálogo porque mi centro no está en mí. Sólo hay diálogo si desde el principio del debate estoy convencido de que tengo algo que recibir del otro, si no, no vale la pena el diálogo. Dios llama y nos habla en el silencio, en lo más profundo de nuestro ser, en el “Horeb del corazón” para generar en nosotros, como ha sucedido con todos los místicos, una confianza infinita y darnos una promesa de salvación en favor de nuestros hermanos.

Al hablar del “Horeb del corazón”, lo hacemos en lenguaje simbólico, uniendo dos realidades. Por un lado Horeb significa lo árido, lo solitario y hace referencia al monte de Dios, llamado también Sinaí; por otro, el término corazón en el lenguaje bíblico significa la plena y sincera interioridad consciente de la persona humana. Se trata de la “personalidad interior” de cada uno, que las demás personas no ven, pero si Dios, que nos habita por dentro. Este camino de descenso a las profundidades de nuestro ser y salida al encuentro de nuestros hermanos es cíclico y a la vez progresivo, hasta que veamos a Dios “cara a cara”. Por esto nos parece que no hay auténtica mística sin ética, ni ética verdadera sin mística, ni verdadera religión sin mística ni ética. Y todo esto lo vive la persona santa en el aquí y ahora del presente de Dios.

El desierto es el camino secreto de la fe pura y de la pura esperanza. La entrada en este sendero es la oración larga y silenciosa, humilde y perseverante. Es la oración de abandono que nos pone en las manos de Dios para ser instrumentos de su amor. Al desierto no se va a solucionar problemas, sino a luchar con la tentación, que nos ofrece riquezas y toda clase de seducción. La santidad es un proceso descendente hacia las profundidades de la humildad. Por eso, el auténtico proceso liberador nace del interior hacia el exterior, como fruto de la auténtica conversión.

Todos llevamos dentro un monje. Todos llevamos en las capas más profundas de nuestro ser una llamada a la soledad, al silencio, a la contemplación de las criaturas y al trato con el Creador con un corazón indiviso, es decir, todos llevamos un monje antropológico dentro, aunque después derive nuestra historia de mil formas distintas; pero incluso en la vida matrimonial, si se desea la estabilidad de la pareja, se deberá tener en cuenta esta primera realidad configuradora del ser humano. En el interior de cada persona hay una alcoba interior. Todos tenemos dentro de nosotros una intimidad oscura, un cuarto cerrado, un lugar que ha sido creado para el amor, un paraíso interior. Pero la mayoría de los seres humanos no lo saben. Y por esto la mayoría tienen el interior vacío, sin amor. El ser humano, con la creación entera, ha sido creado para el amor. Y todo el tiempo que no emplee en ese amor, es tiempo perdido. Dios es ese sentimiento íntimo de soledad, y la conciencia de que existe un compañero, con el que todas las personas nacemos. Una presencia que está en lo más interior de nosotros mismos, en el ápice del alma. Llegar al Horeb del corazón es vivir en Dios. Sentir que Éste está entronizado en lo más profundo de nuestro ser, como un niño siente el afecto de su madre sin necesidad de ninguna demostración. La oración, si es auténtica, penetra en el ser humano totalmente. Veamos como describe esta experiencia el poeta libanés Khalil Gibran, cristiano católico de rito maronita, frente a las vanidades del mundo: “Es un despertar en las profundidades del corazón; es un poder abrumador y magnífico que desciende súbitamente sobre la conciencia del hombre y abre sus ojos, con lo cual ve la Vida en medio de una inquietante lluvia de brillante música, rodeada de un círculo de fuerte luz, con un hombre erguido como pilar de belleza entre la tierra y el firmamento. Es una llama que repentinamente se enfurece dentro del espíritu y seca y purifica el corazón, ascendiendo sobre la tierra y revoloteando en el amplio cielo. Es una bondad que envuelve el corazón del individuo y por la cual aturdiría y rechazaría a todos los que se le opusieran, y se rebelaría contra todos los que se rehusaron a entender su gran significado. Es una mano secreta que quitó el velo de mis ojos mientras yo era un miembro de la sociedad y vivía entre mi familia, mis amigos y mis compatriotas” (Obra Completa.vol III, Adiax, Argentina 1979, pág. 20).

José Luis Vázquez Borau