capillita JLVB

Antes que nada decir que este camino es un camino en el Espíritu del Señor Resucitado. Es un camino de gracia y no un camino de esfuerzo personal, de conquista.Es Él el que nos lleva a un lugar apartado, al desierto, para hablarnos al corazón. Este camino místico no es tarea fácil. Hacer silencio exterior puede ser relativamente fácil. Silenciarse interiormente requiere un cierto método. En primer lugar escoger un espacio pequeño en el hogar donde hacer silencio contemplativo. Se trata de un pequeño templo presidido principalmente por un icono de Jesús y otro de la Virgen María. Hay que recordar que en la tradición oriental los iconos son un presencia real de Jesús, la Virgen y los santos. Por eso cuando entramos en un templo ortodoxo no tenemos la misma sensación que cuando entramos en una iglesia. Allí tenemos la sensación de que entramos en el mismo cielo. Así, una cosa que nos puede ayudar, como hizo Moisés ante la zarza ardiendo del Sinaí, es descalzarnos, como símbolo de pobreza ante el Señor.
Ahora solo nos resta dos cosas: sentarnos y quedarnos quietos. Tener la espalda erguida y las piernas cruzadas en forma de loto o dobladas, arrodillados en un banquillo de oración. La quietud es el silencio del cuerpo. Y ahora centrados ante el icono de Jesús ir repitiendo la «oración del corazón» : Señor Jesús, ten piedad de mi pobre pecador…hasta que nos vamos silenciando interiormente. El silencio no se conforma consigo mismo y va en busca de la palabra. En este caso de la Palabra de Dios. Y lo que se escucha en el silencio del desierto del corazón no es «yo soy» sino , «soy amado», «soy hijo», “soy hermano”. Afirmar que Dios es Padre es afirmar la experiencia del fundamento amoroso de la mística cristiana. Y esto nos proporciona humildad, paz y alegría. Se nos iluminan los ojos para poder descubrir que Dios nos habla a través de los acontecimientos de la vida.