eucaristia
Hoy no se para de decir que hay que dialogar con los demás personas. Esta realidad es tan importante que si dejamos de hacerlo nos quedamos encerrados en nuestro propio egoísmo. Hay que salir de nosotros e ir al encuentro del otro. No solo somos dependientes unos de otros, sino también que ninguno de nosotros tiene todos los dones. Esto no es un defecto, sino un designio de la Providencia divina para que hagamos experiencia de esta interdependencia. Uno de los modos con los que podemos hacer ejercicio de reciprocidad y de interdependencia es precisamente el del diálogo, que será el camino de la amistad.
¿Qué entendemos por diálogo? Etimológicamente, dià-logos, significa un intercambio de palabras o de ideas. Así, el diálogo en un primer nivel, se puede entender como “un flujo de significado” entre las personas que se ponen en relación. En Ecclesiam suam Pablo VI sugiere cuatro características del diálogo. Ante todo, el diálogo debe caracterizarse por la claridad. Después la mansedumbre-humildad, que es una actitud vital para todo diálogo genuino. La mansedumbre es incompatible con los métodos violentos de la acción, ya sea física o psicológica, pues no impone nunca al otro el propio modo de vivir. La cuarta característica es la prudencia, que nos anima a adaptarnos a quienes están junto a nosotros. El ejercicio de esta prudencia en el diálogo es probablemente uno de los mayores desafíos.
“El coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los siguientes: 1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, para ver si es comprensible, si es popular, si es selecto. 2) Otro carácter es, además, la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de sí mismo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29); el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso. 3) La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus en una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoistico. 4) Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye (cf. Mt 7, 6): si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil, y se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible”. (Pablo VI, Eclesiam suam, nº 38)
No es posible dialogar con las demás personas sin conocerlas. Es difícil dialogar con los otros, si no hemos alcanzado al menos un cierto nivel de amistad con ellos. Por esto, hay algo de sagrado en la hospitalidad y en sentarse a la mesa amigablemente, pues hace que se desplomen las barreras y nos abramos a la comunicación. En los Evangelios encontramos frecuentemente a Jesús sentado a la mesa con los demás, y él mismo elige el contexto de una cena para darnos el don de sí mismo en la Eucaristía.
Lo que las personas tratan de comunicar, frecuentemente está velado. Hay que aprender a escuchar atentamente “con el oído del corazón” y respetar a las personas, pues cada una de estas es un misterio que nunca puede ser plenamente comprendido. En definitiva se trata de mirar a los otros con los ojos de Dios mismo. Y para esto la mejor preparación para el diálogo es una vida de contemplación.