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En el presente libro, el historiador francés y catedrático emérito de Historia de la Uiversidad de la Sorbona (París) Alain Corbain (Lonlay-l’Abbaye, 1936), recorre los significados del silencio de la mano de algunos escritores y pensadores de la historia de los últimos siglos. Corbain no se aproxima al silencio desde el punto de vista de un maestro espiritual, sino desde la perspectiva de un historiador que recopila las alusiones al silencio que han hecho los grandes escritores de la tradición literaria occidental, sin descuidar la tradición pictórica. El libro consta de un preludio y nueve capítulos. En el Preludio el autor nos recuerda que «en el pasado, los hombres de Occidente saboreaban las profundidades y los matices del silencio… y hoy en día es difícil estar en silencio, lo que nos impide sentir esta palabra interior que calma y que tranquiliza» (págs. 9-10). En el capítulo primero, El silencio y la intimidad de los lugares, el profesor Corbin señala que «hay lugares privilegiados donde el silencio se impone con su sutil omnipresencia, lugares donde el silencio es particularmente escuchado» (pág. 11) y pone ejemplos como «el denso silencio que existe en los animales, que son imágenes del silencio» o como «la catedral que es silencio incrustado en piedra» (pág. 23). En el capítulo segundo, Los silencios de la naturaleza, donde se recuerda que «solamente puede haber silencio cuando este se rompe por los sonidos ínfimos de la naturaleza, el de los pájaros, el de las ranas, e incluso el de las hojas» (pág. 30) y se nos recuerda que «hacer silencio no es lo mismo que callar, pues el silencio es donde comienza el mundo» (pág. 31), y se evoca al desierto como «el espacio donde se hace sentir la voz de Dios» (pág. 36). Finaliza este capítulo evocando al silencio de las ruinas, «que es el único capaz de sumergirnos en el pasado que estas hacen sobrevivir» (pág. 52). En el capítulo tercero Las búsquedas del silencio, donde el autor va resaltando entre los autores que «cuando en el corazón todo calla y nada le distrae, aparece el silencio en el que se siente solamente la voz de Dios que enseña y se da a conocer» (pág. 56), y recuerda como es esta ‹música callada’: «El silencio del espíritu es una condición necesaria para que Dios llegue al alma, ya que anula toda actividad racional y discursiva, y hace así posible la percepción inmediata de la palabra divina» (pág. 58). Pues, «toda criatura, ya en el cielo o en la tierra, ha de permanecer en silencio, ha de callar para poder adorar y admirar la grandeza de Dios» (pág. 60). Pues, para recibir la gracia de Dios, hay que pasar por el desierto, ya que «el alma necesita este silencio» (pág. 66). En el capítulo cuarto, Aprendizajes y disciplinas del silencio, el historiador francés Corbin afirma que «es esencial el aprendizaje del silencio, pues es el elemento dentro del cual se forman las grandes cosas. Para que estas puedan emerger es necesario aprender el silencio» (pág. 71).
En el capítulo quinto, Interludio: José y Nazaret o lo absoluto del silencio, se dice que Nazaret no es tan solo un lugar, sino «que es también un tiempo, el gran tiempo del silencio. En ningún otro lugar adquieren tanto peso y tanta fuerza la duración de las emociones silenciosas»; donde destaca la figura de José, el padre adoptivo de Jesús, que es «el patriarca del silencio»(pág. 85) y la vida de Nazaret, es decir, «de humildad, de pobreza, de trabajo, de obediencia, de caridad, de recogimiento y de contemplación» (pág. 86). En el capítulo sexto, La palabra del silencio, nuestro catedrático de historia nos recuerda que «la lengua del alma es el silencio», pues, «la palabra surge de la plenitud del silencio y este la confiere su legitimidad» (pág. 87). Así, «el silencio nos habla, lo mismo si es relajante como si es insoportable, denso o desértico» (pág. 103). En el capítulo séptimo, Las tácticas del silencio, el autor trata de los beneficios y los inconvenientes del silencio, ya que «de la misma manera que el hablar es un arte, también lo es el callar», ya que «si solamente habláramos cosas útiles se haría un gran silencio» (pág. 109). De ahí, la recomendación: «Solamente hemos de dejar de callar cuando tenemos alguna cosa que decir que valga más que el silencio» (pág. 111). En el capítulo octavo, De los silencios del amor a los silencios del odio, Alain Corbain afirma que «el silencio es uno de los ingredientes esenciales de la profundidad del amor» (pág. 119), y «pone en relieve la profundidad de la amistad» (pág. 121). Y, finalmente, en el capítulo noveno, Postuli: la tragedia del silencio, el autor constata que «en el silencio no hay nada más que un componente saludable y agradable, hay también un componente oscuro, apocalíptico, terrible y hostíl que puede salir de su fondo, infernal y demoníaco» (pág. 133). Estamos , pues, ante un libro que repasa la historia de la literatura a la búsqueda del silencio, ya que los maestros de la palabra también han sido sensibles al silencio desde donde brota la palabra.