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Michel Le Van Quyen, neurocientífico que ha investigado los efectos del silencio, de la entrevista que le han hecho en La Vanguardia,el 6 de noviembre de 2019, extraigo los siguientes pensamientos, que nos ayudan a valorar el silencio desde todos los puntos de vista: «Cuando nuestro cerebro está en reposo consume tanta energía como en pleno rendimiento, lo que le permite regenerarse. Este reposo es esencial para la creatividad, la memoria y la construcción de uno mismo, pues en este estado viajamos en el tiempo, sentimos sensaciones asociadas al pasado y al futuro, y así se va consolidando nuestra la identidad. En este estado de silencio se reproducen las neuronas. Bastan dos minutos de silencio para disminuir la presión arterial y el ritmo cardíaco.

No existe el silencio absoluto, nuestros ruidos internos siempre están ahí, por eso tenemos que recurrir a los sonidos de la naturaleza, como el murmullo del arroyo, del viento, de los insectos o el crujir de las ramas, que producen un fenómeno psicológico positivo para la persona, como hormigueo en la punta de los dedos o escalofríos en el cuero cabelludo, parecido a un estremecimiento musical, que se asocia a una secreción de dopamina, la hormona de la felicidad. Pasear por el bosque potencia el sistema inmune, disminuye la hormona del estrés, reduce la tensión arterial y el azúcar en sangre, mejora la salud cardiovascular y metabólica, la concentración y la memoria. Está constatado que los pacientes se recuperan mejor, más rápido y utilizando menos analgésicos, si su habitación tiene vistas a un paisaje natural.

El silencio también debe ser interior. Conviene cerrar los ojos e ir hacia dentro. Cerrar los ojos ralentiza las ondas cerebrales. Parpadeamos no sólo para humidificar los ojos sino también para que nuestro cerebro descanse. De hecho, si queremos percibir mejor las emociones de alguien, debemos cerrar los ojos y concentrarnos en su voz. El silencio nos evita cavilaciones negativas. Sesiones diarias de respiración profunda nos conducenal silencio, desacelerando nuestra frecuencia cardíaca, disminuyendo la presión arterial y la tasa de cortisol, reforzándose el sistema inmunitario. Pues en esa situación de calma y de bienestar el corazón produce un ritmo especial capaz de sincronizar otros sistemas fisiológicos como las ondas cerebrales, la presión sanguínea, la digestión y el sistema inmunitario. Hay que aprender a detenerse y respirar. Pues el ruido mata. Vivimos en un mundo regido por la economía de la atención: sugerencias, distracciones, bombardeo de información, continuas interrupciones en el trabajo…, eso provoca sobrecarga cognitiva, agota al cerebro. Y cuando la presión es excesiva, el cerebro se desconecta, se bloquea, por eso hay quien se queda en blanco ante un examen. Cualquier pequeño ruido que percibimos dispara la secreción de hormonas que ponen al cerebro en estado de alerta. El ruido auditivo tiene un efecto nefasto sobre el sistema inmunológico y el sistema cardiovascular. Según el informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente el efecto del ruido mata a 10.000 personas al año. Se ha demostrado una relación entre la exposición al ruido, el descenso del rendimiento escolar y el aumento del riesgo de dislexia. El ruido es una grave agresión para nuestro rendimiento cognitivo».