Jesús-Foucauld

Para la espiritualidad cristina la paz, la serenidad, sentirse bien, etc. no son el primer objetivo y no siempre son un criterio acertado de discernimiento, en contra del axioma fundamental de la espiritualidad que se promueve en nuestros días, pues la espiritualidad cristiana busca relizar la voluntad de Dios, lo que implica aceptar la cruz, el morir a uno mismo, y esto es contrario a la modernidad: todo lo que tenga que ver con la cruz, el sufrimiento, la negación del yo, se ha de rechazar como malo y como psicológicamente insano. Para la modernidad, la antropología que incorpora la cruz supone una perversidad masoquista insostenible. En cambio, para la espiritualidad cristiana el norte no es la satisfacción emocional del yo, sino lo que Dios quiere de mí, lo que implica la conversión personal. No se trata de un cambio de naturaleza, una transformación temperamental o psicológica, o una alteración de costumbres o de vida, aunque esto último pueda derivarse de una conversión, sino un cambio de quien mueve nuestro centro, lugar donde reside nuestra veredadera identidad personal. ¿Qien mueve mi centro, mi ego o el Espíritu del Señor que está en mí?. La conversión implica salir de la lógica egocéntrica y narcisista del yo que impera en nuestros tiempos, para abnegar nuestra voluntad contra todo deseo desordenado.