Esperanza
Interrogarse por el sentido de la vida es un deber para la persona que, consciente de su propia finitud, quiere moverse responsablemente en la realidad. Sin embargo la pregunta por el sentido de la vida reviste especial gravedad en momentos de crisis personal, de cambios estructurales, catástrofes o situaciones límite. Preguntar equivale metafóricamente a sondear el interior del ser humano, ahondar en la zona íntima de su ser. A diferencia del animal, solamente la persona está capacitada para interrogarse, pues constitutivamente lleva en sí el enigma permanente de su propia plenitud. La persona, por su propia naturaleza, es un ser problemático. No puede dejar de preguntarse por el para qué, por qué y a donde. Vivir humanamente implica prefijar un proyecto que se desea desarrollar e ir dando contenido, realizando, aquellas posibilidades de que se dispone. La vida diaria exige que se afronten los problemas de cada momento aportando contenidos con significación propia. Se puede afirmar que no existe ningún instante que carezca de sentido. Lo importante es que cada persona sepa dar contenido a cada momento de su vida, pues más que un simple hacer, la vida es un quehacer en el que la persona se proyecta y se realiza hacia nuevas formas de ser real. Nuevas formas que cada persona, desde su realidad concreta, elige como metas preferibles y por tanto valiosas. La persona siente angustia ante la carencia o la pérdida de sentido y se sumerge en el vacío cuando no es capaz de dar respuesta a los interrogantes vitales. Tiene razón J. C. Bermejo cuando afirma que “la búsqueda de sentido es la única capaz de llenar el vacío existencial que grita por ser cubierto. La falta de sentido genera neurosis existencial que puede terminar en depresión, índice claro de problemas motivacionales” (Peregrinar a Jesús, Desclée De Brouwer, Bilbao 2019, 78) . Sentido y vacío se excluyen, pues el vacío no es otra cosa que la carencia de sentido; la experiencia de sentido por su parte descarta el vacío existencial.