dignidad de la persona humana

Me han llamado poderosamente la atención estas palabras del doctor Alfonso López Quintás que en su libro La mirada profunda y el silencio de Dios (UFV, Madrid 2019) cuando afirma: «La persona se autoposee trascendiéndose. La persona está llamada a vivir una vida espiritual que se actualiza en el encuentro con los seres de su entorno, sobre todo con las personas», pues es muy consciente de que la persona no surge en el encuentro, «pero se actualiza en él». Y, ¿cual es la razón profunda que le permite tener esta certeza? Nos dice: «La persona existe antes de nacer. Tiene personeidad, pero todavía no puede actualizarla por no tener una base psicosomática madura». El término «personeidad» fue acuñado por Xavier Zubiri al diferenciarlo de personalidad, que son dos aspectos inseparables de la realidad humana. Es decir, la personeidad es lo que hace que una cosa sea, es la realidad de algo, la raíz, la fuente más profunda de la vida humana; y la personalidad es la que vamos desarrollando en el tiempo. En este sentido se podría decir que en el transcurso de la vida vamos cambiando de personalidad a medida que pasan los años y esto depende de nuestro contexto, entorno y sobre todo de las decisiones que vamos tomando. Así, si bien personeidad y personalidad son propias de la persona humana, Zubiri dirá que el ser humano se va haciendo persona en la medida que se va auto-poseyendo a sí mismo.

Volviendo al tema de la dignidad de la persona, López Quintás remata su razonamiento afirmando que «La dignidad ab-soluta de la persona humana no procede de su ser, que es finito, sino del hecho de que Dios, creador infinito, la eligió al crearla para ser su tú» Y da la siguiente explicación: «El campo del encuentro lo fundó el Creador, desde su excelentísima condición de persona creadora, al crear otras personas y encontrarse con ellas para dar, así, origen al ámbito de la tuidad». Y concluye: «De modo que, si el hombre no acepta esta relación yo-tú con Dios, se queda solo relacionado con Él como creador de su ser y de las normas que lo rigen, pero pierde aquello que constituye el núcleo de su ser personal» (pág. 112). Y, ¿cual es nuestro tú originario, el fundamento de nuestro ser, dotado de espíritu, locuente, abierto a la inmensa riqueza del encuentro? «No puede ser una realidad impersonal, nos dirá el profesor. Ha de ser una persona de máxima grandeza, un Tú absoluto» (págs. 124-125). Al llamarnos por nuestro nombre, Dios ha concedido al ser humano ser un alguien, en lugar de un algo, ser un quien, más allá de un que.