SALVADOR SLAIN BISHOP

En el fondo de la conciencia moderna existe la convicción de que para dar sentido a nuestra vida tenemos que sacarle el máximo de utilidad y rendimiento, pues éxito y la eficacia. Las personas eficaces piensan alcanzar la felicidad no ya en los cielos, sino en la tierra. Y esto es lo común en este mundo globalizado donde se valora al ser humano por su producción. Pero quien pone el sentido de su vida en lo que tiene de aprovechable y útil, tendrá necesariamente una crisis vital cuando en la enfermedad y en la pena le parezca todo, e incluso él mismo, inútil y desaprovechable.
El reino de Dios se recibe con un corazón de niño. Dice Jesús: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios” (Mt 18, 2). El verdadero sentido de la vida no se reduce a la actividad. El Reino de Dios es un regalo, como las cosas verdaderamente importantes de la vida: el amor, la amistad, la sonrisa, la ternura, la confianza… La fuerza del reino de Dios no se mide con criterios humanos. La presencia del reino de Dios es humilde y aparentemente insignificante en la historia de las personas, ocultándose en la realidad sencilla de cada día sin ninguna espectacularidad. Jesús anuncia su reino a los pobres, a los que creen que esta vida es mucho más que esta vida, pues el fondo inagotable de la misma es bondad, acogida, perdón, liberación, plenitud.