compostaje
El Estado de Washington es el primero en aprobar una ley que regula esa práctica que entrará en funcionamiento el 1 de mayo de 2020. Los residentes podrán elegir entre un ataúd, ser incinerados o convertirse en tierra fértil. Esta ley que convierte a este estado en el primero en Estados Unidos en permitir el “compost humano”, un proceso de descomposición acelerado que convierte los cuerpos humanos en tierra fértil en un mes. Quien dio la idea al gobernador ha sido la fundadora y directora general de la empresa Recompose, Katrina Spade, quien asegura que si todos los residentes de Washington optaran por la recomposición tras la muerte, “salvaríamos más de medio millón de toneladas métricas de CO2 (dióxido de carbono) en tan solo 10 años”. Según sus cálculos, esta cantidad de CO2 equivale a la energía requerida por 54.000 hogares en un año. La nueva alternativa al entierro tradicional o a la cremación supone una opción más ecológica y óptima para el medio ambiente, convirtiendo los cuerpos en terreno fértil a partir de un cadáver. El cuerpo se introduce sin embalsamar en una cámara de compostaje junto con otros materiales orgánicos, produciendo 0,76 metros cúbicos de tierra fértil. El patrocinador de la medida, el senador demócrata Jamie Pedersen, dijo que eliminar los restos humanos con un bajo impacto ambiental “tiene sentido”, especialmente en las zonas urbanas “más pobladas”. “Esta ley, dijo, cambiará el mundo, ya que la cremación es el método más popular en el Estado, pero este método reducirá 1,4 toneladas métricas de carbono por persona”. (Cf. https://elpais.com/sociedad/2019/05/22/actualidad/1558531110_866057.html)
¿Qué subyace detrás de esta noticia?

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¿No es nuestro tiempo el eclipse de la muerte? Entre los sueños de inmortalidad, el culto a la juventud y el miedo al cadáver, la muerte ya no debe ser parte de la vida. Está oculta, distorsionada, eclipsada. Y es un eclipse tanto en el lenguaje (donde, por ejemplo, “abandonar” ha reemplazado a “morir”) como en la esfera social (donde la muerte ha sido expulsada de la ciudad). Y el transhumanismo lleva a cabo este eclipse hoy, decretando que la vida ahora no tiene muerte y la muerte no tiene vida. Recogemos aquí la reflexión ante esta situación a la que se enfrenta el profesor de filosofía Robert Redeker, 1954, señalando que la vida ya no está ordenada hacia un fin, hacia la muerte, lo que le daba profundidad y significado. Al analizar en su libro L’eclissi della morte, Nuovi Saggi Queriniana, Brescia (Italia) 2019 el eclipse de muerte de nuestro tiempo, el filósofo francés evoca los temas de la cremación, la eutanasia, el lugar del cuerpo. Y plantea esta pregunta escandalosa para la sociedad contemporánea: ¿por qué deberíamos regocijarnos por tener que morir en lugar de huir de nuestros límites y nuestra finitud? Y el autor propone una respuesta humanista a esta pregunta: “Despertar estos dos sentimientos: el sentido de la angustia y el sentido de lo trágico. La erosión de estos dos sentimientos marca la deshumanización, crea el umbral del post-humano” (pág. 9). El autor entiende por deshumano “el intento de hacer del hombre un ser sin preocupaciones, un ser liberado de la angustia y de lo trágico, liberado de la preocupación por el alma” (pág. 10).
El profesor francés Redeker aborda el tema en diez y ocho apartados, de los que tomaremos nota de alguno de ellos. En el apartado primero, La paradoja de la muerte, se pregunta: “¿Qué sentido dar a la muerte? La muerte aparece a los hombres como lo contrario del sentido. Les parece absurda, injusta, escandalosa. La muerte no tiene justificación” (págs. 15-16). Por lo tanto, “no temer más a la muerte nos liberará de la religión, y se tendrá el efecto de establecer la paz en nuestros corazones y en la ciudad, piensan los materialistas radicales” (pág. 23). Para el autor, según la religión y la filosofía, “la muerte no tiene otro sentido que aquel que le atribuyen los hombres” (pág. 25). En el apartado tercero, La parodia de la inmortalidad, el profesor señala que “el cristianismo ofrece a los humanos la inmortalidad después de la muerte, post-mortem, mediante la resurrección de los cuerpos…El ser humano contemporáneo, sea hombre o mujer, está obsesionado con otra cosa, mucho menos espiritual, mucho más material: la inmortalidad antes de la muerte, ante-mortem” (págs. 45-46). ¿A qué tipo de inmortalidad aspira el hombre contemporáneo? “Aspira exclusivamente a una inmortalidad biológica y material que excluye, paradojalmente, una inmortalidad del alma que se empeña en refutar” (pág. 52). En el apartado quinto, Un cambio estético y político: la cremación o el odio de la materia, Redeker señala que “la cremación moderna revela un mensaje inédito: queremos desentendernos de los muertos. Soñamos de vivir en una sociedad sin cadáveres y sin antecedentes” (pág. 68). Todos los difuntos no serán más que un recuerdo. Una abstracción, pues las cenizas no son los restos. Una posición anticristiana. En el apartado sexto, Entonces, ¿qué es la muerte?, el autor responde “que es el nombre del más grande temor” (pág.71). “Es el miedo de no existir más, el miedo egoísta de no estar presente en el mundo. Esta forma de miedo es un fetichismo vanidoso del yo” (pág. 75). Por el contrario, dirá Redeker, “el arte y la mística son los mediadores que aseguran la posibilidad de mirar el espectáculo terrorífico de la muerte” (pág. 79), pues “el miedo a la muerte humaniza, cuando es una consciencia fecunda y creativa” (pág. 81), ya que, “desear morir sin darse cuenta, una muerte inconsciente, una muerte no vivida” (pág. 82) es una desgracia. “Una vida eternamente lúdica, una vida interminable para consumir… es una vida infantil. Una vida así, no merece ser vivida” (pág. 83). “La eternidad transhumanista es una eternidad de la desesperación” (pág. 84). En el apartado octavo, ¿Qué es el miedo a los fantasmas?, el autor afirma: “Sin una cierta referencia a los muertos, ninguna sociedad puede edificarse ni durar en el tiempo, de alguna manera los muertos son la raíz de la sociedad” (pág. 96). Ya en el apartado décimo, La muerte del yo: ¿una liberación?, el profesor constata que la única realidad psicológica importante en nuestro tiempo es el culto del yo, “haciendo del hombre contemporáneo un yo-cuerpo” (pág. 110), siendo la enfermedad “una especie de prueba general de la muerte” (pág. 113), donde deberíamos transformarla en una ascesis, pues “la muerte nos enseña la necesidad de la renuncia del yo” (pág. 119). En el apartado onceavo, La decadencia de la muerte heroica, se explica que “la muerte no es el destino ni el objetivo de los santos y de los héroes. La muerte es su compañera. Camina con ellos… Desde el inicio hasta el fin de su carrera, la muerte permanece como familiar de los santos y de los héroes” (pág. 125). En el apartado duodécimo, La muerte, el cementerio y los libros, se dice que “la sepultura contiene el siguiente mensaje: una dignidad es concedida a los restos materiales humanos, considerados diversos por su naturaleza de los restos animales con los que somos idénticos por la biología” (pág. 131). Así, la profanación de la tumba, “abre la puerta del infierno. ¿Qué es lo sagrado? Un dispositivo establecido en la cultura para impedir el Infierno” (pág.132).Hoy el supermercado ha tomado el corazón de la vida de la gente. “El templo del consumo ocupa el centro de todas las conversaciones de la gente” (pág. 141). Y ahora, en el apartado trece el autor se pregunta: ¿Porqué en la era de la televisión la muerte es incomprensible? a lo que responde que “hoy los psicólogos están alarmados por el número de homicidios que se pueden ver durante las veinticuatro horas en la televisión… La muerte irrumpe en la ciudad bajo la forma de violencia extrema: el terrorismo” (pág. 153). En el apartado catorce, el filósofo Redeker se pregunta: ¿La muerte tiene ventajas? Y constata que “hoy hay muchas personas favorables a la eutanasia, significando con esta elección que para estas la muerte es mejor que una supervivencia con sufrimientos” (pág. 166). No queremos la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la agonía. No se concibe el sufrimiento como una forma de maduración. “El mundo moderno no concibe la muerte como una ventaja sino a través de la eutanasia” (pág. 171). Llegando al apartado dieciséis, La inmortalidad transhumanista: un mercado de la estafa, el autor habla de la inmortalidad tecnológica. Así, “mientras la inmortalidad espiritual se merecía por medio del perfeccionamiento interior, la inmortalidad biotecnológica no necesita de ninguna virtud, esta se compra” (pág. 181). “Poco a poco el hombre natural es sustituido por un hombre de tipo nuevo, indefinidamente reparable, cuyos organismos son piezas de recambio sustituibles, cuyo cuerpo está compuesto de prótesis” (pág. 183). La inmortalidad versión transhumanista “se compra, tiene un precio” (pág. 188). En el apartado diecisiete, ¿Hacia una civilización sin cadáveres?, el profesor explica que “el nuevo cuerpo no será más el cuerpo natural, ya que es un cuerpo protegido para evitar su destino de cadáver” (pág. 195), tampoco tendrá ni cementerios ni sepulcros. Finalmente, en el apartado dieciocho, Él ha partido, ella ha partido, el profesor Redeker afirma que “la crisis del mundo moderno se podría resumir con estas palabras: estamos separados de la muerte” (pág.199). “¿De dónde viene la manía hipócrita de sustituir ha muerto por ha partido? No se parte, se muere” (pág. 200). Anemia del pensamiento, depresión de la vida. En conclusión, estamos ante un texto inusual, provocativo y saludable, en el que el eclipse de muerte se denuncia como una pérdida de humanidad para todos nosotros.