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No podemos captar y comprender experimentalmente esta dimensión si no hacemos silencio interior para que se despierte nuestra inteligencia espiritual (IES).Quisiéramos negar la muerte porque la vemos como un final y no como el nacimiento de algo nuevo. Siempre recordaré el ejemplo que ponía Carlo Carretto en la Fraternidad de acogida de los hermanos del Evangelio del padre Foucauld en Spello (Italia), que era muy ilustrativo: Si le dijieras a un niño o una niña que está apunto de nacer en el seno de su mamá que existe un mundo maravilloso, el nuestro, pero que para entrar en él, hay que salir del seno materno, ¿Qué respondería? «Aquí estoy bien alimentado y abrigado, ¿Qué más puedo pedir? No me hables de fantasías» Y es menester que este niño o esta niña salga de su anterior situación para descubrir la belleza de la Creción y conocer el rostro de su madre y de su padre que antes sentía pero que no veía. Así nos ocurrirá a nosotros cuando entremos en la eternidad de Dios, donde veremos su rostro. Y es que a la vida no la podemos retener. Se nos da para entregarla. A cada instante estamos alumbrando el siguiente. La vida tiene caducidad, la eternidad no. Entramos en otro nivel, otra dimensión que requiere que nos desprendamos de esta vida que conocemos. En la eternidad viviremos de otro modo. Con nuestra muerte alcanzaremos posibilidades que en esta vida encontramos límites. Y cuando acallamos nuestra inteligencia racional (IR) y emocional (IE) haciendo silencio gustamos ya de esta nueva dimensión o nivel.