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Es significativo que Jesús no haya expresado su deseo de unidad en una enseñanza o un mandamiento dirigido a los apóstoles, sino con una oración al Padre. “No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que creerán en mi por medio de su palabra, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean uno en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17,20-21). La unidad es un don recibido de lo alto, que tiene origen y crece en la comunión de amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (W. KASPERS, Ecumenismo espiritual. Una guía práctica, Clie, Barcelona 2007, nº4.). Si la unidad es un don conviene que lo cristianos recemos juntos para pedirla. Por tanto la espiritualidad ecuménica no se puede separar de la fe objetiva de las Iglesias convirtiéndose en algo emotivo e insípido que no ayuda para nada a superar las diferencias resultando ecuménicamente inútil. El Concilio Vaticano II establece el fundamento de esta conveniencia: “Estas oraciones en común son un medio extraordinariamente eficaz, sin duda, para pedir la gracia de la unidad” (Concilio Vaticano II, Unitatis redintegratio, nº8/3). Y el mismo Concilio resalta que el ecumenismo espiritual no sólo trata de oración por la unidad de los cristianos, sino especialmente de “conversión del corazón y santidad de vida” (UR 8/1). Por lo tanto, la santidad de vida es el medio más eficaz para restituir la unidad, ya que el amor y la verdad convergen y, a corto o largo plazo, coinciden. Como dicen P. GOYRET – P. BLANCO: “La conversión constituye la piedra de toque de la rectitud de intención para el ecumenismo, alejándolo de los deseos de monopolizar, de dominar o del indiferentismo, para dotarlo del sincero intento de comunicar a todos los cristianos el patrimonio íntegro de los bienes de salvación. La santidad personal, unida al ferviente amor a la verdad, impele necesariamente a la catolicidad, tanto en sentido cuantitativo, el deseo de acercar a todos a Cristo sin discriminación alguna, como en sentido cualitativo, como apertura universal a la verdad buscada y encontrada” (Llamados a la Unidad, Ediciones Palabra, Madrid 2018, 202).