IES
Si consideramos la conciencia según la logoterapia de Vicktor Frankl, que acepta la valoración de la conciencia humana como dimensión existencial; dimensión noética, es decir, un centro de valores del que la persona a nivel consciente puede no darse cuenta por lo que es necesario hacer emerger a nivel consciente lo que está presente a nivel inconsciente, en el inconsciente espiritual; centro personal, o simplemente espíritu, que nosotros identificamos como Inteligencia Espiritual (IES), la existencia no puede fundamentarse en la razón, Inteligencia Racional (IR) o en el placer, Inteligencia Emocional (IE), pues inevitablemente acabarán produciendo vacío existencial y no darán sentido a la vida. Más bien se ha de vivir a partir de la conciencia, psicológica y espiritual con su dimensión ética, abierto a toda la realidad y descubriendo el sentido (Cf. V FRANKL, La presencia ignorada de Dios, Herder 2011).
Así, si no desarrollamos, disminuimos o negamos la conciencia personal (IES) entonces supervaloramos el lado racional(IR) o el lado del placer (IE), como realidades sustitutivas del verdadero ser de la persona. Como hace el racionalismo moderno, que se orienta hacia la absolutización de la razón desvirtuando la sensibilidad o el sentir, dando lugar al absolutismo y al dogmatismo. O el individualismo del siglo XXI, que centra su atención en el cuerpo, y tiene unos referentes obligados en el culto desmedido por la juventud y las apariencias, la primacía del goce, el fenómeno de la globalización, el mundo virtual y el imperio de lo efímero y lo desechable. Por esto, necesitamos que nuestra conciencia emerja, sobreponiéndose a la tiranía de la razón y la sumisión al narcisismo, para convertirse en la guía que oriente nuestra andadura vital en todos sus pormenores y momentos. Y, para lograr este fin, debemos integrar nuestro inconsciente, aceptando los elementos reprimidos, recuperando los opuestos rechazados y escondidos para logra nuestra unificación del ser, sabiendo que el trabajo analítico conduce a la conciencia de sí mismo mientras que el esfuerzo por vivir los valores evangélicos lleva a cultivar la vida interior. El primer camino nos lleva a un mayor conocimiento de sí y, el segundo, a un mayor cultivo de la espiritualidad y experiencia de Dios.