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En un bellísimo y profundo libro sobre Jonás y el escándalo de la ternura de Dios, escrito por las profesoras Rosalba Manes y Marzia Rogante, en un viaje entre la Biblia y la Psicología, y editado por Sal Terrae 2019, se trata, entre las páginas 118-122, de cómo hacer germinar nuestro desierto interior. De estas, entresaco lo siguiente:
Es preciso ponernos ante un serio discernimiento sobre lo que funciona o no funciona de nuestra propia vida y tener el valor de tomar decisiones. Y hay decisiones que cuestan más y dan miedo, pero que asumidas con coraje liberan riquezas infinitas…
Para que germine el desierto interior en florescencia de conversión, es menester no solo la humildad inicial de reconocerse pecador, sino también el coraje de que se manifieste poco a poco en todo nuestro ser, mostrando realmente quiénes somos y qué llevamos en el corazón, sabiendo que de su plenitud hablarán nuestra lengua y nuestra vida. Así pues, hace falta también una buena dosis de honestidad.
Hay con frecuencia mecanismos inconscientes que obstaculizan la posibilidad de abrirnos plenamente… En algunos casos llegan a ser partes constitutivas de la personalidad con que nos habituamos a presentarnos a los otros, convencidos de mostrar nuestro verdadero rostro, sin saber que en realidad estamos escondiendo nuestro verdadero Yo, lo mejor de nosotros mismos.
Es necesario ser capaz de reconocer cuáles son los nudos que nos atan y no nos permiten movernos libres en el espacio de las relaciones con nosotros mismos y con los otros, aunque no consigamos remontarnos a su origen o no lleguemos a atribuirles un porqué.
El hecho de reconocer nuestras propias fragilidades, las defensas que usamos o incluso nuestro pecado, es un gesto dotado de una profundidad inigualable, que, sin embargo, puede abrirnos diferentes caminos sobre la base del significado que les atribuyamos.
El cambio no es tanto fruto del miedo como de la esperanza. El miedo lleva más a concentrarse en el posible daño que se va a recibir y corre el riesgo de bloquear a la persona hasta hacerle perder toda capacidad de impulso para cambiar las cosas; la esperanza, por el contrario, es la mayor fuerza motriz de que dispone aquel que opta por una conversión real y profunda.