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Cada vez conocemos con mayor precisión y con más detalle lo que ocurrió en las distintas etapas de ese proceso en el que sucesivamente aparecieron las galaxias, las estrellas, los planetas, la vida y los seres humanos. La astrofísica, la biología, la genética evolutiva etc. contribuyen actualmente a la creación de una imagen cada vez más completa y concreta del proceso de la evolución del universo, iniciado hace 14.000 millones de años. Así, cuando el universo contaba sólo con 300.000 años se formaron los primeros átomos estables de hidrógeno y helio. Y hace unos 4.600 millones de años nació nuestro sol en la galaxia Vía Láctea. Más tarde, hace 3.800 millones de años apareció la vida en la tierra. Hace unos dos millones de años aparecieron el Homo habilis y el Homo erectus. Y, finalmente, como evolución de este último, tenemos en África, hace unos 150.000 años, los primeros restos del Homo sapiens. De esta manera todos los seres vivientes y nosotros, los seres humanos, estamos directamente conectados con el origen mismo del Universo.
El Dios Trinitario en el que el Padre es el creador y fundamento del universo, el Verbo o Sabiduría divina que establece el logos o forma de la creación, y el Espíritu Santo que crea la unidad, vinculando todo en el Amor, no solo crea el universo en un instante sino que lo mantiene en una creación continua, mostrando la presencia de la Trinidad en todo tiempo y lugar de la historia natural y humana del universo. El Espíritu está presente desde el primer instante de la existencia del universo, en el big-bang. Esto hace que los seres humanos emerjan en un universo lleno del Espíritu, lleno de gracia. Pero la acción del Espíritu es una actividad creativa en un mundo en proceso, que tiene identidad y autonomía propias.
La Biblia pone ante nuestros ojos la imagen del Espíritu como el ‘Aliento de Dios’ que insufla vida en el polvo de la Tierra para que se transforme en un ser vivo (Gen 2,7) El ‘Aliento de vida’ que mora en cada creatura, la capacita para compartir la existencia y la vida que provienen del Espíritu, y que en último término provienen de la comunidad divina. Esa comunión es personal pero de un modo que trasciende lo humano. No debe de entenderse que la acción del Espíritu en la creación se realiza siguiendo un proceso predeterminado o ‘de diseño’ cerrado sino mediante procesos abiertos y dinámicos. La Palabra (Cristo) y el Espíritu son las dos manos de Dios recíprocamente interrelacionadas en el gran acto único de la creación continua, actuando conjuntamente en la creación. Así, el Espíritu mora en todas las creaturas del universo y las capacita para existir desde la comunión divina.
La historia del Espíritu, que empieza con la creación, continúa en la historia humana con la historia de la gracia cristiana, del don cristiano. Aunque, junto con esta historia de gracia, también existe una historia de rechazo de la misma gracia por parte de los humanos. El Universo en evolución tiene la característica de estar inacabado. No es todavía lo que puede llegar a ser. Pero el Espíritu otorga misteriosamente potencia a la creación desde dentro. El Espíritu trabaja paciente y amorosamente en cada aspecto de la naturaleza como potencia de futuro, capacitando a la creación para alumbrar un futuro que está más allá de lo que podamos imaginar. El Espíritu es también compañero del Universo. Es la misma presencia personal de Dios, que acompaña a cada una de ellas con amor, se deleita en cada una, sufre con cada una, y promete a cada una su futuro en Dios. La creación es una relación entre cada creatura y la Trinidad. Es una relación única y plural a la vez, en la que lo que es propio de cada persona divina entra en juego en la tarea única de la creación divina. Lo propio del Espíritu de Dios es la inefable cercanía de Dios. Así, el papel del Espíritu es acercar a Dios a la creación. (Cf. D. Edwards, Aliento de vida, EDV, Estella (Navarra) 2018)