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En la eternidad éramos; al nacer comenzamos a existir. Existir es ser en el tiempo. Y al morir dejamos de existir, pero no dejamos de ser. Somos seres espirituales que vivimos una aventura terrenal
(Teilhard de Chardin)

Esta aventura terrenal es un proceso, un camino de transformación, y por tanto un camino de cambio continúo, que vamos viviendo a través de sucesivas crisis. Un camino de mayor conciencia, que se expande en la inmensidad de lo desconocido, adquiriendo una mayor conciencia global. Esta transformación interior no siempre es placentera, dado que la mayor parte de las transformaciones importantes se suceden a través de crisis internas que amenazan las estructuras psicológicas, y la resistencia a ese cambio siempre está presente.
El camino espiritual va de la mano de un trabajo psicológico donde se ponga de manifiesto el desequilibrio existente entre nuestras estructuras emocionales (Inteligencia Emocional) y mentales (Inteligencia Racional) y nuestras respuestas en el día a día frente a las situaciones que nos presenta la vida. Por esto no hay que olvidar nuestra dimensión inconsciente, que C.G. Jung por primera vez denominó como la “sombra”: “Desafortunadamente no puede haber ninguna duda de que el hombre es, en general, menos bueno de lo que se imagina a sí mismo o quiere ser. Todo el mundo tiene una sombra, y cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y más densa es. En todo caso, es uno de nuestros peores obstáculos, puesto que frustra nuestras intenciones más bien intencionadas”. Y en esta “sombra” se encuentran nuestras raíces, las estructuras que nos permiten realmente anclarnos en la tierra y sanar las “heridas del Alma”. Se trata de hacer consciente las lagunas y carencias en nuestras propias estructuras psicológicas que nos merman libertad en las elecciones y decisiones que tomamos. Nuestro propio cuerpo es un “semáforo simbólico” de las incoherencias entre mente-emoción-acción.
Así, recorriendo el camino de la vida, intentando vivir el presente en plenitud, nuestra Inteligencia Espiritual, que es la que orienta a las otras dos inteligencias, se nutre del silencio y de las ayudas tanto psicológicas como espirituales que buscamos y que la vida nos ofrece. Como señala J. FERRER “la meta de la búsqueda espiritual no es tener experiencias espirituales, sino estabilizar la conciencia espiritual, vivir una vida espiritual y transformar el mundo correspondiente. Nunca se repetirá bastante que, independientemente de su cantidad, las experiencias espirituales no crean una vida espiritual” (Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal, Kairós, Barcelona 2002).