consumismo
En el Libro de Henoc, que forma parte del canon de la Biblia de la Iglesia ortodoxa etíope, pero que no es reconocido como canónico por las demás Iglesias cristianas, y que fue editado en el siglo I de nuestra era, consta de varias partes escritas entre los siglos III a. C. y I d. C. En la parte que se conoce como Caída de los ángeles se dice que estos tuvieron relaciones sexuales con mujeres y engendraron gigantes, seres que desataron la violencia sobre la tierra y pervirtieron a la humanidad. Su culpa fue el pecado de concupiscencia, el cual se describe en Génesis 6,1-4. Así, la función explícita de estos ángeles caídos (demonios) es ser seductores de los hombres y enemigos de Dios. En el Libro de la Sabiduría (2,24) se da el nombre de diablo a la serpiente de la que se habla en Génesis 3 y que desempeña el papel de tentador-seductor del ser humano induciéndolo a comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Y, finalmente, en los Evangelios (cf. Mc 1,12-13; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13) vemos a Jesús rechazando las tentaciones de Satanás y saliendo victorioso.
Hoy en día G. Lipovetsky, prestigioso sociólogo, en su libro La era del vacío: Ensayo sobre el individualismo contemporáneo, (Anagrama, Madrid 2003), reflexiona sobre la sociedad actual, dice que uno de los rasgos característicos del momento presente es el clima de seducción que parece impregnar cada vez más la vida y y nos lanza un grito de atención: La seducción ya no es algo que se produce en las relaciones interpersonales, sino que se va convirtiendo en un elemento que tiende a regular el consumo, la organización de la vida, la educación, las costumbres. Esta sociedad seductora genera personas de voluntad débil, engañadas por toda clase de cebos y reclamos. Sin embargo, una vida personal digna exige con frecuencia no ceder ante las seducciones, como lo hizo Jesús en el desierto, que pueden destruirnos como personas.