Centinela en la noche
En sintonía con el ritmo de la naturaleza los seres humanos, buscadores instintivos de la luz, nos sentimos atraídos y fascinados por la oscuridad de la noche, pues la anhelamos como lugar del descanso y símbolo materno del hogar donde regresar cada jornada para encontrar cobijo frente a la agresividad del combate cotidiano.
Pero el desconcertado hombre moderno, hijo del “siglo de las luces” huye de la noche. Gracias a los adelantos modernos la convierte en día artificial. Y el ser humano, que está llamado a ser el espiritual “centinela de la noche” en la que el corazón vela, se transforma en un noctámbulo profanando el silencio con el bullicio de la locura. Esta huida de la noche muestra el miedo que tenemos a encontrarnos con la desnuda realidad que se esconde más allá de las fachadas brillantes y muestra el miedo al encuentro con el Dios de la fe oscura que tiene su sede real más allá de nuestras idolátricas proyecciones. Y como bien dice Santiago Guerra, Carmelita, Profesor de Fenomenología de las Religiones del Instituto Teológico de Salamanca, en su trabajo La noche del sentido donde afirma: “¿Y cómo no asociar la noche a la misteriosa morada del silencio, donde toda palabra reencuentra su origen y fundamento, donde el desgastado e inútil parlotear aprende a recuperar la sensatez y la cordura, donde el hombre entra en la secreta estancia del fondo del alma no ocupada por ningún pensamiento, deseo, imagen o palabra, y que precisamente por eso se hace receptáculo de la palabra verdaderamente oída?”. Los antiguos pensaban que en la noche silenciosa se manifestaban sueños reveladores y la moderna psicología profunda corrobora que cuando la diurna y clara IR (Inteligencia Racional) duerme, los sueños, como duendes, salen del fortín oscuro del inconsciente reprimido para decir su cifrado mensaje, que contiene lo más profundo y escondido de la vida humana.