MUERTE

Santa Teresa de Lisieux afirma: “La vida es un instante entre dos eternidades” y la Doctora Luján Comás, cofundadora de la Asociación Merry Human Life Society (Merrylife) para la evolución de la conciencia, y coautora del libro ¿Existe la muerte? junto a Anji Carmelo, en una entrevista realizada en La Vanguardia el 29/9/2018, afirma: “La conciencia no es un producto de nuestro cerebro sino que utiliza a nuestro cerebro”. Para justificar esto se remite a los estudios realizados en 1990 por el psicólogo de la Universidad de Arizona Stuart Hameroff y Roger Penrose, físico matemático en la de Oxford, que propusieron que los microtúbulos, las unidades más pequeñas del citoesqueleto de las células, actúan como canales para la transferencia de información cuántica responsable de la consciencia. Es decir, que cuando morimos “el contenido de los microtúbulos vuelve a esa conciencia cuántica y si te reaniman se puede recuperar”. Esto está documentado en pacientes que mueren clínicamente, es decir, que corazón y cerebro dejan de funcionar, y aun así pueden explicar sus percepciones sensoriales como si fueran un ser completo (las personas ciegas ven como si tuvieran vista, los sordos oyen…), y pueden sentir, recordar y pensar. Pero su cerebro no tiene rastro de actividad porque simplemente está “muerto”. Estos pacientes cuentan que han podido verse a sí mismos y lo que pasaba en aquel momento en su entorno; han revisado toda su vida en el pasado y también en el futuro y comprendido el sentido de su existencia. Han sentido una paz y un amor incondicional indescriptible. Y la doctora Luján Comas concluye: “Por tanto esa consciencia que continúa durante este trance no se encuentra en el cerebro. Es una energía, y como energía no se crea ni se destruye, se transforma y perdura. Cuando mueres esa conciencia a la que se suman tus experiencias pasa a la conciencia cuántica, donde no se pierde la información. Cuando morimos el contenido de los microtúbulos vuelve a esa conciencia cuántica y si te reaniman se puede recuperar”. Para esta Licenciada en Medicina, especializada en Anestesiología y Reanimación, nuestra conciencia está conectada a todo. “El mundo de las subpartículas de las que todo está hecho, están interconectados, usted, yo, los árboles, la mesa, todo el universo… Puede ser una explicación. Lo que está claro es que si entendiésemos que no existe la muerte, no tendríamos miedo y viviríamos de otra manera”.
Toda esta explicación científica me ha hecho pensar en la explicación metafísica que daba el profesor Maurice Nédoncelle (1905-1976) en su crucial libro La reciprocité des consciences (La reciprocidad de las conciencias) donde viene a decir que la unidad y la continuidad de las conciencias tiene lugar gracias a la existencia de un yo ideal que es Dios y se expresa de la siguiente manera: “el nosotros así entendido es único; es Dios y es Persona en sentido estricto, a la cual todas las personalidades están presentes y que las excede en la comunión misma que les impone o les ofrece…La Persona no se acumula con las diversas personalidades creadas. El nosotros no es una idea general, ni un objeto entre los objetos, ni siquiera un sujeto entre otros. Es Aquel del que todo se distingue, el absoluto supremo que puede colmar a todos los otros absolutos, el índice que recapitula todas las potencias sin que él mismo tenga que distinguirse de nosotros al distinguirnos a nosotros de Él” (Aubier, París 1942, 321-322). Y la razón de esto está en que Dios está presente en todas las conciencias y es en Él donde todas se encuentran. Y el psicoterapeuta Viktor Frankl es el que nos invita a incluir la trascendencia si queremos comprender al ser humano: “El valor absoluto, el Summum Bonum, solo se puede concebir en conexión con una persona, con la Summa Persona Bona de Dios… en suma, solo desde un valor absoluto, desde una persona absolutamente valiosa, desde Dios, adquieren las cosas un valor. Solo cuando las hacemos comparecer, aunque fuese de modo tácito e inconsciente, ante el tribunal divino, somos capaces de calibrar el valor de las realidades, el valor que les corresponde” (El hombre doliente, Fundamentos antropológicos de la psicoterapia, Barcelona 1987, 275).