comunidad eclesial

Cada vez se hace más imprescindible en nuestros días discernir entre lo que es invención e imaginación, alucinación y trance, explotación y charlatanería y lo que es encuentro y descubrimiento, experiencia y aprehendimiento, ser agraciado por dones y llegar hasta sí mismo.
Cuando decimos Espíritu “Santo” estamos marcando la diferencia entre el espíritu divino y el espíritu humano. Nos hace dar cuenta del carácter personal del Espíritu: La presencia de Dios en persona que nos impulsa hacia la unión con Él y suspira por reposar en la nueva creación perfecta.
Al Espíritu Santo se le experimenta más como fuerza y poder que como persona ya que es el Oculto y el que se manifiesta únicamente por sus efectos y Aquel cuya realidad permanece incognoscible y consiguientemente inexpresable. Además, allí donde se manifiesta, desvía de sí la mirada hacia el Padre y el Hijo. Lo que hace que el Espíritu santo sea “Señor”, es decir, que no es manipulable, no es “espíritu de nuestro espíritu” sino el Espíritu que “procede del Padre y del Hijo”. Es el Espíritu vivificante en el que tenemos verdadera vida. Así pues, el Espíritu Santo no es definible. El Espíritu Santo que es vida y hace posible la comunicación, permanece como algo del que no se puede disponer.
Toda la vida de Jesús desde su concepción hasta la resurrección era un existir por el Espíritu y nuestra experiencia pascual de que el Señor resucitado está presente en el Espíritu y actúa en la comunidad, debe caracterizarse como una experiencia espiritual, como una experiencia en el Espíritu.
Así, pues, pecar contra el Espíritu Santo consiste en rechazar la misión de Jesús y en impugnar su autoridad espiritual ya que si la negamos blasfemamos contra el Espíritu de Dios. (Cf. B. J. HILBERATH, Pneumatologia, Herder, Barcelona 1996)