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La creación es un acontecimiento elocuente donde Dios expresa su propio amor y con amor se acerca a sus criaturas. La Sagrada Escritura describe el hecho de la creación de un modo que lo convierte en invitación a la fe y a la plegaria. Es un mensaje por el que se nos hace saber que Dios se revela a sí mismo y permanece cercano a su creación. Toda la creación es una maravillosa palabra de Dios, que se revela a sí mismo como luz y verdad. El Espíritu de Dios, que renueva la faz de la tierra, se simboliza en el viento huracanado que sacudía las aguas cuando Dios dijo: “Hágase la luz, y la luz se hizo” (Gen 1,2-3). La historia de la creación y evolución culmina en el instante supremo en que Dios dirige la palabra a alguien distinto de él mismo, capaz de responderle y alabarle. “Y Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1,26). El hombre se convierte así en colaborador y concreador en el mundo de Dios.
El ser humano no es un robot, ni una ruedecilla que forme parte de un mecanismo. Como dice Bernhard Häring, “el hombre es incapaz de entenderse a sí mismo o de entender el mundo mientras se contente con apoderarse de las cosas simplemente para utilizarlas. Solo llegaremos a tener conciencia de nuestra dignidad cuando seamos capaces de maravillarnos, cuando logremos percibir el viento huracanado, el canto de toda la creación, el mensaje de nuestros semejantes: Todos nos anuncian a aquel que expresa su amor en la creación” (Centrarse en Dios, Herder, Barcelona 1976, 72). Si no hacemos silencio, si no oramos no caemos en la cuenta de la presencia de Dios y no encontramos el sentido, la síntesis de nuestra vida. Perdemos nuestro centro y nos expulsamos nosotros mismos del paraíso, nos privamos del gozo y paz que proporciona el ser consciente de la presencia de Dios, convirtiéndonos en seres inquietos e inestables