TeilharddeChardin-770x480Teilhard de Chardín denominó ‘fenómeno humano’ “al hecho experimental de la aparición, en nuestro universo, del poder de la reflexión y de pensar” (Visión del pasado, Taurus, Madrid 1965, 217). Pero este fenómeno tiene otra dimensión que lo sitúa en un rango superior. No es la individualidad la que distingue al elemento humano, sino la personalidad, que es síntesis. La meta de nosotros mismos, afirma Teilhard, “el colmo de nuestra originalidad, no es, pues nuestra individualidad, es nuestra persona; y ésta, por la estructura misma evolutiva del Mundo, no podemos hallarla más que por la unión. No existe espíritu sin síntesis” (Fenómeno humano, Taurus, Madrid 1965, 316). El elemento humano no puede lograr su personalidad, su ser de persona, solamente si se abre al otro, si se universaliza. Así, el yo personal, el yo auténtico, crece y emprende un ascenso en razón inversa del ‘egoísmo’. La evolución no puede seguir su curso si los seres humanos que arrastra no entran en contacto mutuo de centro a centro. Cuando buscamos el aislamiento y nos separamos de los demás, nos individualizamos y entramos por el camino de la multiplicidad y de la nada. Y, así, damos un paso atrás arrastrando al mundo en la pendiente de perderse en la materia. El movimiento evolutivo exige avanzar en lo personal hacia una forma de unidad irreversible.

El ser humano se presenta como proyecto por el mero hecho de estar prendido en una red de relaciones, que hace que, además de resumir todo cuanto le antecede, se siente impulsado por la fuerza evolutiva inaugurando una nueva era. No se deja dominar por la materia, sino que trata de incorporarla para encauzarla y enaltecerla. Superior al resto de las cosas, las dirige y controla en sus operaciones. De esta manera la vida cambia por completo la escala de sus construcciones y entra en una fase explosiva de tipo absolutamente nuevo, a pesar de las tendencias a la disgregación y el descenso.