Pablo-el-Hombre-de-Tarso
Ya el año 1955, el biblista A. Wikenhauser en su obra La mística de Cristo del apóstol Pablo (1928), en el prólogo de la segunda edición de su libro, afirma: “A la mística de Cristo, es decir, a la unión mística de los cristianos con Cristo se la ha denominado el corazón de la espiritualidad del apóstol Pablo… esta unión mística con Cristo, según la propia doctrina de Pablo, no es el privilegio de su persona o de un pequeño grupo de especialmente agraciados, sino un precioso don divino y una serísima tarea humana para cada cristiano”. Y su contemporáneo A. Schweitzer, el año 1930, escribió La mística del apóstol Pablo donde afirma: “La idea fundamental de la mística paulina es esta: ‘Yo estoy en Cristo; en él me conozco como un ser elevado por encima de este mundo sensible, pecador y efímero, un ser que pertenece ya al mundo sobrenatural; en él estoy seguro de la resurrección; en él soy hijo de Dios’. Otra característica de la mística paulina es que ‘el ser en Cristo’ es presentado como ‘un estar muerto-resucitado con él. Por él estamos liberados del pecado y de la ley, en posesión del espíritu de Cristo y tengo seguridad de la resurrección” (La mystique de l’Apôtre Paul, París 1962, 7).
Pablo en el camino de Damasco muere a la ley como morada vital de su confianza y gloria ante Dios. Y como bien dice O. González de Cardedal, “dejará de gloriarse en el cumplimiento de aquella para comenzar a gloriarse y vivir en Cristo Jesús como lugar personal en el que se habita y por quien se es habitado” (Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 69). Por esto el mismo Pablo dice: “Porque yo, por la misma ley he muerto a la ley a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo; vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19-20) ¿Qué conclusiones podemos sacar, pues, de la experiencia mística de Pablo? En primer lugar que su conversión no es el resultado de una preparación previa ni la ganancia de una conquista, pues es Dios quien se apodera de la persona y no esta de Dios. Y en segundo lugar, “la mística de Pablo es una mística de la pasión, entendida esta como la incorporación al Cristo que padeció el escarnio de la cruz por nuestros pecados, que vive aún intercediendo por nosotros mientras todavía peregrinamos y que tiene que ser formado en los creyentes” (o. c. 71). Así pues la mística de Pablo es democrática y comunitaria frente a otras que son individualistas e elitistas.