SALVADOR SLAIN BISHOP

De “mística” en el sentido moderno no se comenzó a hablar hasta el siglo XVII. Anteriormente se hablaba de espirituales o de contemplativos. En un texto del siglo V atribuido a Dionisio Aeropagita, el conocimiento místico no es una ciencia teórica ni un saber de conceptos o de hechos, sino que se trata de “una experiencia vivida” (Pseudionisio, De los nombres divinos,2,9). Es un don que Dios da a determinadas personas, que no se puede construir por uno mismo, ni reclamar. Este conocimiento, esta pasión, esta experiencia de Dios es lo que santa Teresa y san Juan de la Cruz llaman “teología mística”, es decir, cuando esta experiencia entronca “con la historia positiva de Dios que se inicia con Abraham, cuando se remite a la persona de Jesús, cuando nace y crece en la comunión eclesial, cuando vive abierta al amor a los demás y se siente responsable del mundo” (O. González de Cardedal, Cristianismo y mística, Ed. Trotta, Madrid 2015, 30).
Para los cristianos, los criterios de santidad son el amor a Dios y el amor al prójimo (Cf. Mt 22, 34-40). Los reconocidos como místicos no son siempre los más aptos para ser imitados. Las formas de la vida cristiana reflejan y reviven los distintos momentos de la vida de Cristo y cada uno de nosotros, según nuestra psicología y la vocación dada por Dios nos sentimos más atraídos por uno u otro de los misterios de su vida.”Fijar la experiencia mística como meta ideal a la que se puede llegar por el propio esfuerzo es una trampa mortal para la vida cristiana” (o. c., 33).