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Para justificar esta afirmación hemos de ver lo que hay debajo de la palabra creer. Siguiendo a Teilhard de Chardin, la fe no es sólo la adhesión intelectual a los dogmas cristianos. En un sentido mucho más rico, “es la creencia en Dios cargada de cuanta confianza en su fuerza bienhechora puede suscitar en nosotros el conocimiento de este Ser adorable. Es la convicción práctica de que el Universo, en manos del Creador, sigue siendo arcilla, cuyas múltiples posibilidades Él modela a su antojo”. En una palabra, la fe evangélica es la virtud más insistentemente recomendada por el Salvador.
Si no creemos, continúa diciendo Teildhard, “las olas tragan, el viento sopla, nos falta el alimento, las enfermedades nos abaten o matan, la fuerza divina es impotente o está muy lejos. Por el contrario, si creemos, las aguas son dulce acogida, se multiplica el pan, se abren los ojos, resucitan los muertos, su poder parece que le fuera solicitado a Dios como por una fuerza que lo extiende por toda la naturaleza”. ¿De qué manera obra la fe? “Bajo la acción transformadora de la ‘fe que obra’, quedan intactas todas las conexiones naturales del Mundo; pero se superpone a ellas un principio, una interna finalidad, casi podría decirse un alma más. Bajo la influencia de nuestra fe, el Universo es susceptible, sin cambiar sus rasgos exteriores, de flexibilizarse, animarse, sobreanimarse”. Creer esto nos lo impone el Evangelio: “A veces, esta sobreanimación se traduce mediante efectos milagrosos, cuando la transfiguración de las causas las hace acceder hasta la zona de su ‘potencia obediencial’; a veces, y más generalmente, se manifiesta por la integración de acontecimientos indiferentes o desfavorables en un plan, en una Providencia superiores”.
Si creemos todo se ilumina y se configura en torno a nosotros: se ordena el azar, el éxito adquiere una plenitud incorruptible, el dolor se convierte en una caricia y en una visita de Dios. Si dudamos, la roca se queda seca, el cielo negro, las aguas traicioneras y levantadas. Y podríamos oír la palabra del Maestro ante nuestra vida estropeada: “Hombres de poca fe, ¿por qué habéis dudado?”
Creamos solamente. Creamos con mayor fuerza y más desesperadamente cuanto más la Realidad parece más amenazadora y más irreductible. Y entonces poco a poco, veremos al Horror universal distenderse para sonreírnos primero y tomarnos en sus brazos más que humanos luego. “No, no son los rígidos determinismos de la Materia y de los grandes números los que confieren al Universo su consistencia: son las ágiles combinaciones del Espíritu. El azar inmenso y la inmensa ceguera del Mundo sólo son una ilusión para el que cree”. (Telhard de Chardin, El Medi Divi, Sal Terrae, Barcelona 1968, 157-161).