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Para un cristiano el Mundo, según Teilhard de Chardin “aparece bañado por una luz interna que intensifica su relieve, su estructura y sus profundidades. Esta luz no es el matiz superficial que puede captar un goce grosero. Tampoco es el brillo brutal que destruye los objetos y ciega la mirada. Es el destello fuerte y reposado, engendrado por la síntesis en Jesús de todos los elementos del Mundo”. Así, el gran misterio del Cristianismo “no es exactamente la Aparición, sino la Transparencia de Dios en el Universo”. No sólo el rayo que roza, sino el rayo que penetra. No la Epifanía de Jesús, sino su diafanía o transparencia, que podemos descubrir, con gran gozo, como el rayo de luz que penetra y no hay poder en el mundo que nos lo pueda impedir, como tampoco hay poder en el mundo que pueda forzar su aparición. Esta percepción de la omnipresencia divina es esencialmente “una visión, un gusto, es decir, una especie de intuición de ciertas cualidades superiores de las cosas”. Es un don que no puede obtenerse directamente mediante ningún razonamiento ni artificio humano. Sentir la atracción de Dios, ser sensible a sus encantos, a la consistencia y a la unidad final del ser, es la más elevada y, a la vez, la más completa de nuestras “pasividades de crecimiento”. (P. TEILHARD DE CHARDIN, El Medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968, 151-154)