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Me han llamado poderosamente la atención estas palabras extraídas de un entrevista al pensador Ramón Andrés: “Hoy hemos perdido la capacidad de comunicarnos de un modo complejo. Es decir: las palabras. Su peso. Y por eso somos muy pocas veces nosotros. Cada vez hablamos más desde el ágora de voces que llevamos dentro, en vez de hablar desde nuestra voz. Cada vez aceptamos más las opiniones generadas desde los medios de comunicación. Por eso es importante el silencio, porque nos permite escuchar otras cosas que no vienen de ese mundo atronador e impreciso. La sociedad no ha construido lugares de silencio. Hemos olvidado que el silencio es un arma. Nada que ver con la trascendencia. Ers mucho más inquietante una manifestación multitudinaria en silencio que otra llena de gritos, tambores y megáfonos. No dar señales es el primer paso para no estar controlados, ni localizados. Nada inquieta más al poder, al sistema, que el silencio”.
Y más delante de la entrevista afirma: “El silencio cuestiona. El ruido social de fondo tiene el propósito de no dejarnos oír nada. Nos aturden con miles de noticias, con artefactos de consumo que no necesitamos. El propósito es que no paremos a pensar. Que mantengamos permanentemente la dependencia de algo. Hoy los súbditos no somos encadenados, sino que estamos atados a golpe de ruido, confusión y necesidad de consumo” (R. ANDRÉS, Europa es un artículo de lujo con acceso sólo para unos pocos, El Mundo, Madrid 29/4/2017).
Estos lugares de silencio han sido y son los monasterios y las fraternidades de acogida y oración en nuestra sociedad. Las iglesias locales podrían tener también esta función. Es de difícil explicación que permanezcan cerradas o que se tenga que pagar para acceder a ellas, especialmente en este momento histórico de movimiento de las personas. Además de lo que dice Ramón Andrés, el silencio nos ayuda a encontrar el sentido de la vida que siempre es trascendente.
José Luis Vázquez Borau

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