Taize-prayer
Siguiendo el pensamiento de Teilhard de Chardin, podría parecer que “por su fe en el valor celeste del esfuerzo humano, por su expectación hacia un nuevo despertar de las facultades de adoración que están adormecidas en el Mundo, por su respeto hacia las fuerzas espirituales todavía inclusas en la Materia”, el cristiano podría parecerse singularmente a los adoradores de la Tierra, pero esto es simplemente un parecido externo. Tal como la Iglesia nos lo revela, “en el seno del Medio Divino las cosas se transfiguran, pero por dentro. Interiormente se bañan en luz, pero en esta incandescencia conservan -y aun mejor exaltan- lo que hay de más definitivo en sus rasgos. No podemos perdernos en Dios más que prolongando allende sí mismas las determinaciones más individuales de los seres: he aquí la regla fundamental mediante la que se distingue siempre al auténtico místico de sus falsificaciones. El seno de Dios es inmenso, ‘multae mansiones’. Y, sin embargo, en esta inmensidad no hay para cada uno de nosotros en cada instante más que un lugar posible, aquel en que nos sitúa la fidelidad, continuada a los deberes naturales y sobrenaturales de la vida”. Así, “el Cristo místico, el Cristo universal, de San Pablo, no puede tener sentido ni, valor ante nuestros ojos sino como una expansión del Cristo nacido de María y muerto en Cruz. De éste saca aquél ‘esencialmente su calidad fundamental de ser incontestable y concreto. Por lejos que se deje uno llevar por los espacios divinos abiertos a la mística cristiana, nunca se sale del Jesús del Evangelio. Por el contrario, se siente necesidad creciente de envolverse cada vez más sólidamente en su verdad humana”(TEILHARD DE CHARDIN, El Medi Divi, Nova Terra, Barcelona 1968, 138-139)