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Teilhard de Chardin nos ayuda a encontrar la respuesta: “Valiéndose de todas las criaturas, sin excepción alguna, lo Divino nos asedia, nos penetra, nos fragua. Lo pensábamos lejano, inaccesible: vivimos hundidos en sus ardientes. capas. ‘In eo vivimus…’ En verdad, como decía Jacob al salir del sueño, el Mundo, este Mundo tangible, por el que arrastramos el aburrimiento y la irreverencia reservados para los lugares profanos, es un lugar sagrado, ¿y no lo sabíamos? ‘Venite, adoremus’”. Y nos da esta recomendación: “Abandonemos la superficie. Y sin dejar el Mundo, hundámonos en Dios. Allí y desde allí, en él y por él, todo lo tendremos y mandaremos en todo. De todas las flores y las luces que hayamos debido abandonar para ser fieles a la vida, allí un día hallaremos su esencia y su fulgor. Los seres que desesperábamos poder alcanzar y, aún más, influenciar, allí están reunidos por el vértice más vulnerable, el más receptivo, el más enriquecedor de su sustancia”.
Llegados a este punto Teilhard describe de un modo maravilloso a Dios (Medio Divino): “La maravilla esencial del Medio Divino es la facilidad con la que reúne y armoniza en sí mismo las cualidades que nos parecen ser más contrarías. Inmenso como el Mundo y más temible que las más inmensas energías del Universo, el Medio Divino posee, sin embargo, en grado superlativo, la concentración y la precisión que constituyen el encanto y la cordialidad de las personas humanas. Innumerable y vasto, como la onda centelleante de las criaturas que sostiene y sobreanima su Océano, el Medio Divino conserva al mismo tiempo la Trascendencia concreta que le permite reunir sin confusión a su Unidad triunfante y personal los elementos del Mundo. Incomparablemente próximo y tangible, puesto que nos presiona mediante las fuerzas todas del Universo, el Medio Divino huye tan continuadamente de nuestro abrazo, que aquí abajo jamás podemos aprehenderlo, si no es alzándonos hasta el límite de nuestro esfuerzo, elevados por su misma onda, presente y atrayente en el fondo inaccesible de toda criatura, se retira cada vez más lejos, y nos arrastra consigo hacia el centro común de toda consumación. Alcanzo a Dios en aquellos a quienes amo, en la medida en que ellos y yo nos espiritualizamos cada vez más. Asimismo, le aprehendo en el fondo de la Belleza y de la Bondad, en la medida en que las persigo cada vez más lejos, con facultades incesantemente purificadas. Por el Medio Divino el contacto con la Materia purifica y la castidad florece como sublimación del amor. Por el Medio Divino el desarrollo lleva a la renuncia. El asimiento a las cosas nos aparta de cuanto tienen de caduco. La muerte se convierte en una resurrección” (TEILHARD DE CHARDIN, El medi divi, Nova Terra, Barcelona 1968, 133-134)

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