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La persona debe desarrollar en plenitud todas sus potencialidades, al mismo ritmo que la totalidad del género humano y el mundo van madurando hacia su plenitud. Todos nuestros esfuerzos de perfeccionamiento, de mejora de las condiciones humanas y de respeto ecológico tienen una función santa y unificante. Pero al mismo tiempo tenemos que ir despegándonos de todo hasta la entrega final en Cristo. Así pues, como dice Teilhard de Chardin, “en el ritmo general de la vida cristiana, desarrollo y renuncia, asimiento y desasimiento no son términos que se excluyan mutuamente. Armonizan entre sí, como en el juego de nuestros pulmones la inspiración del aire y su expiración. Son dos tiempos de la respiración del alma, o, sí se prefiere, dos componentes del impulso mediante el cual el alma continuamente toma pie en las cosas para superarlas”. Pues, precisamente está en esto el sentido de la Cruz en su sentido pleno:”La alianza inseparable de los dos términos: progreso personal y renuncia en Dios; pero a la vez preeminencia constante, y luego final, de lo segundo sobre lo primero”. La vida tiene un término, una dirección, una orientación, una espiritualización que se logra con el mayor esfuerzo: “La doctrina de la Cruz, tomada en su grado superior de generalidad, es la doctrina a que se adhiere todo hombre que este persuadido de que frente a la inmensa agitación humana se abre un camino hacia alguna salida y que este camino es ascendente” (Cf. TEILHARD DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968)

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