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La Providencia va transformando el Mal en Bien de tres modos: En primer lugar suele ocurrir que nuestros fracasos hacen que busquemos en otra dirección derivando nuestra actividad hacia un marco más favorable que permita desarrollarnos. En otras ocasiones la pérdida que nos aflige nos obliga a buscar la satisfacción de nuestros frustrados deseos en un campo menos material. “La historia de los santos, y en general la de todos los personajes célebres por su inteligencia o su bondad, se halla llena de estos casos en que vemos salir al hombre, engrandecido, templado, renovado tras una prueba o incluso una caída, que parecían deber apocarle o derrotarle para siempre”. Entonces, el fracaso, incluso moral, se trueca también en éxito. En estos casos podemos llegar a comprender a la Providencia, pero hay casos más difíciles ,que suelen ser los más corrientes, y aquí entramos en el segundo modo, donde quedamos desconcertados: desapariciones prematuras, accidentes estúpidos, debilitaciones que afectan a las zonas superiores del ser. Ante semejantes golpes, la persona no se levanta en ninguna dirección apreciable, sino que desaparece o queda tristemente aminorada. ¿Cómo es posible que incluso estas reducciones sin compensación, que son la Muerte en lo que tiene precisamente de mortal, se conviertan para nosotros en un bien? Dios transforma nuestros sufrimientos haciendo que sirvan para nuestro perfeccionamiento. Entre sus manos, estas fuerzas destructivas “se convierten en el instrumento que talla, esculpe y pule en nosotros la piedra destinada a ocupar un lugar preciso en la Jerusalén celeste”.
Finalmente, entramos ahora en el tercer modo, donde la acción de la Providencia es más eficaz y el más santificante. Ésta se manifiesta, en el campo de nuestras disminuciones, convirtiéndose en un factor inmediato de la unión con Dios. “Unirse es, en todos los casos, emigrar y morir parcialmente en aquello que amamos. Pero si, según estamos persuadidos, esta aniquilación en el Otro tiene que ser tanto más completa cuanto mayor que nosotros sea aquel a quien nos ligamos, ¿cuál no será el desprendimiento requerido para que nos integremos a Dios? Sin duda, la destrucción progresiva de nuestro egoísmo por medio de la ampliación “automática” de las perspectivas humanas, unida a la espiritualización gradual de nuestros gustos y de nuestras ambiciones bajo la acción de ciertos fracasos, es forma muy real del éxtasis que ha de sustraernos a nosotros mismos para subordinamos a Dios”. El efecto de este desasimiento es llevarnos al centro de nuestra personalidad donde podemos tener la impresión de que nos poseemos en grado sumo, más libres y más activos que nunca. Pero todavía no hemos franqueado el punto crítico de nuestra excentración, de nuestra vuelta a Dios. Es preciso dar un paso más: ése que nos hará perder pie en nosotros mismos: la Muerte. Pues bien, el gran triunfo del Creador y del Redentor es haber transformado en factor esencial de vivificación lo que es en sí una fuerza universal de disminución y de desaparición. “Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo ahondarnos, vaciarnos, hacerse un lugar. Para asimilarnos en él debe manipularnos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser. La Muerte es la encargada de practicar hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida. Nos hará experimentar la disociación esperada. Nos pondrá en el estado orgánico que se requiere para que penetre en nosotros el Fuego divino. Y así, su poder nefasto de descomponer y de disolver se hallará puesto al servicio de la más sublime de las operaciones de la Vida. Lo que era por naturaleza abismo, desierto, retorno a la pluralidad, puede convertirse, para cada existencia humana, en plenitud y en unidad con Dios”. (Cf. P. TEILHARD DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968, 100-103)

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