angustia-vital

Siempre nos proyectamos hacia fuera y la angustia interior persiste. Lo de fuera no nos llena en plenitud y andamos insatisfechos. Hay que ser valientes y entrar en nuestro interior. Como el beduino que abre un pozo en el interior de su tienda y se adentra en las profundidades hasta encontrar el agua que le vivificará a él y a los suyos. Esta experiencia la describe maravillosamente bien P. Teilhard de Chardin: “Bajé a lo más íntimo de mí mismo, al abismo profundo de donde percibo, confusamente, que emana mí poder de acción. Ahora bien, a medida que me alejaba de las evidencias convencionales que iluminan superficialmente la vida social, me di cuenta de que me escapaba de mi mismo. A cada peldaño qué descendía, se descubría en mí otro personaje, al que no podía denominar exactamente y que ya no me obedecía. Y cuando hube de detener mi exploración, porque me faltaba suelo bajo los pies, me hallé sobre un abismo sin fondo, del que surgía, viniendo yo no sé de dónde, el chorro que me atrevo a llamar mi vida” (El Medi divi, Nova Terra, Barcelona 1968, 90).
Y más adelante continúa: “En este momento, como cualquiera que quisiese hacer la misma experiencia interior, he sentido que sobre mí Planeaba la angustia esencial del átomo perdido en el Universo, la angustia que diariamente hunde las voluntades humanas bajo el número agobiante de los vivientes y de los astros. Y si hay algo que me haya salvado, es escuchar la voz evangélica, garantizada por éxitos divinos, que me decía desde lo más profundo de la noche: “Ego sum, noli timere” (“Yo soy, no temas”). Si, Dios mío, lo creo: y lo creo” (o. c. 91). Sólo el Señor Jesús, el Cristo, nos libera de nuestra angustia existencial. Por eso Teilhard puede afirmar: “En la vida que brota en mí, en esta Materia que me sostiene, hallo algo todavía mejor que tus dones: te hallo a Ti mismo; a Ti, que me haces participar de tu Ser y que me moldeas” (o. c. 92).
Y después del encuentro, el compromiso a través de dos hilos: el desarrollo interior y el éxito exterior. Veamos esta bella oración: “Colaboraré en tu acción previsora, y lo haré de modo doble. Primero, responderé a tu inspiración profunda que me ordena existir, teniendo cuidado de nunca ahogar, ni desviar, ni desperdiciar mí fuerza de amar y de hacer. Y luego, a, tu Providencia envolvente, que me indica en todo instante, por los acontecimientos del día, el paso siguiente que he de dar, el escalón que he de subir a esta Providencia me uniré mediante el cuidado de no perder ocasión alguna dé subir “hacia el espíritu”. Cada una de nuestras vidas está como trenzada por estos dos hilos: el hilo del desarrollo interior, siguiendo el cual se forman gradualmente nuestras ideas, afectos, actitudes humanas y místicas; y el hilo del éxito exterior, siguiendo el cual nos hallamos en cada momento en el punto preciso en donde convergerá, para producir en nosotros el efecto esperado por Dios, el conjunto de las fuerzas del Universo. Dios mío, para que me halléis en todo minuto tal cual me deseáis, allí donde me esperáis, es decir, para que me aprehendáis plenamente -por el interior y por el exterior de mí mismo-, haz que jamás pueda yo romper este doble hilo de mi vida” (o. c. 93).

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