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árbol de la vidaLas fases de nuestra personalización son: primero ser, después amar y, finalmente, adorar. En otras palabras, para ser plenamente persona debemos a) descentrarnos de nosotros mismos; b) descentrarse del “otro”; y  c) sobrecentrarse en alguien mayor que nosotros. Y esto es así, de la misma manera que “en el Mundo, la vida evoluciona siempre hacia una mayor conciencia y hacia una mayor complejidad, como si la creciente complicación de los organismos tuviese como consecuencia la profundización en el centro de su ser” (P. TEILHARD DE CHARDIN, Sobre el amor y la felicidad, PPC, Madrid 1997, 73).
Lo primero centrarse para conseguir cada vez un orden mayor, más unidad en nuestras ideas, en nuestros sentimientos y en nuestra conducta, ya que “ser” es, ante todo, hacerse y encontrarse a sí mismo. Después descentrarse ya que, como la Física y biológicamente la persona, como todo lo que existe en la Naturaleza, es esencialmente plural y “sólo podemos progresar hasta el final de nosotros mismos sin salir de nosotros mismos uniéndonos a los demás, de tal forma que, a través de esta unión, desarrollemos un aumento de la consciencia, de acuerdo con la gran Ley de la Complejidad” (o. c. 75), gracias al amor complementándonos los unos a los otros, debemos sobrecentrarnos ya que en el fondo de nosotros mismos se despierta el sentimiento de que, para alcanzar el fondo de lo que somos, no basta con asociar nuestra existencia con una decena de otras existencias elegidas entre las miles de existencias que nos rodean, sino que hay que formar un bloque con todas ellas a la vez. Se trata de “incorporarnos y subordinarnos a una Totalidad organizada, de la que somos cósmicamente las parcelas conscientes. Un centro de orden superior nos espera, ya se vislumbra, no sólo al lado, sino más allá y por encima de nosotros mismos” (o. c. 78). Estamos pues ante tres escalones superpuestos de felicidad: Felicidad de crecer, felicidad de amar y felicidad de adorar.