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conciencia

Hay tres tipos de personas cuyo germen todos llevamos dentro: las cansadas, las vividoras y las ardientes. Cuando nos preguntamos ¿para qué luchar?, ¿para qué cambiar las cosas? estamos siguiendo la estela de las cansadas. Cuando afirmamos que lo ideal en la vida es beber sin saciar jamás la sed y estamos dispuestos a lanzarnos con la mayor avidez sobre cualquier otra fuente nueva, nos situamos entre las vividoras. Cuando se cree que el ser es inagotable, que vivir es una ascensión y un perpetuo descubrimiento, nos situamos en el territorio de las ardientes.

A estos tres tipos de personas corresponde un tipo distinto de felicidad. Así, para las cansadas la persona feliz es la que menos piensa, menos siente y menos desea. Para las vividoras, la persona feliz es la que sabe saborear a fondo el instante presente. En cambio, para las personas ardientes la felicidad no existe ni tiene valor en sí misma, es sólo el efecto de una acción convenientemente dirigida. Nos encontramos ante tres tipos de felicidad: la de la tranquilidad, la felicidad del placer y la felicidad del desarrollo.

Desde hace más de 400 millones de años en el Universo, la inmensa masa de seres en la que estamos integrados, se dirige tenaz e incansablemente hacia una mayor libertad, una mayor sensibilidad y una visión interior en el desarrollo de la Conciencia. Así, de los tres tipos de personas descritos anteriormente, la que mejor responde a la llamada de la Vida es la felicidad de crecimiento o de movimiento, ya que en el Mundo, “la vida evoluciona siempre hacia una mayor conciencia y hacia una mayor complejidad, como si la creciente complicación de los organismos tuviese como consecuencia la profundización en el centro de sus ser” (P. TEILHARD DE CHARDIN, Sobre el amor y la felicidad, PPC, Madrid 1997, 73)