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Según la opinión de Gandhi, si, pues creía que la no-violencia es más natural en el ser humano que la violencia. Esta es su creencia: “La humanidad se rige por la ley del amor. De habernos regido por el odio, nos habríamos extinguido mucho tiempo atrás. Y lo trágico de esto es que los llamados hombres civilizados y sociedades civilizadas se conducen como si la base de la sociedad fuese la violencia” (T. MERTON, Gandhi y la no-violencia, Espasa, Barcelona 1998, 93). En la desordenada predisposición del ser humano, la violencia parece estar en la base misma del orden social y está entronizada como si fuese una ley eterna, de manera que la sociedad nos insta a abandonar el amor y unirse a un misterioso “deber supremo”, presentado como sacrificial e inescrutable, y exigido por la ley de la fuerza. De aquí la extraordinaria dificultad de la no-violencia, que exige un coraje sobrenatural sólo alcanzable mediante la oración y la disciplina espiritual. Este coraje exige nada menos que la capacidad de afrontar la muerte sin temor y de sufrir sin ánimo de venganza, a imagen del no-violento por excelencia Jesús de Nazaret. Este programa que propone Gandhi es absurdo e imposible sin creer en Dios.
Así pues, según esto y en palabras de Gandhi: “la democracia sólo puede salvarse mediante la no-violencia, porque la democracia, en tanto esté sostenida por la violencia, no puede ocuparse de los débiles ni protegerlos. Mi concepto de democracia es que, bajo ella, los débiles deberían tener las mismas oportunidades que los fuertes. Esto nunca puede ocurrir si no es mediante la no-violencia. La democracia occidental, tal como funciona hoy en día, es nazismo o fascismo diluido” (o. c. 94).