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La no-violencia de los débiles es más bien una política de protesta pasiva, o incluso una capa bajo la que se oculta el odio impotente que no se atreve a usar la fuerza. Carece de amor. Su objetivo es dañar al adversario en formas que no implican fuerza, y puede recurrir al sabotaje secreto o incluso al terrorismo. Tal conducta no merece el nombre de no-violencia. Es desmoralizadora y destructiva. Así, en el pensamiento de Gandhi, “quienes no pueden practicar la no-violencia con verdadero fervor deberían defender sus derechos y la justicia por la fuerza, si carecen de otro medio” (T. MERTON, Gandhi y la no-violencia, Espasa Libros, Madrid 1988, 78). Gandhi no predicaba la renuncia pasiva de los derechos o de la dignidad humana. Por el contrario, creía que la no-violencia es la forma más noble y efectiva de defender los propios derechos.
Para Gandhi “la no-violencia no es un pretexto para encubrir la cobardía, sino la suprema virtud de los valientes. La cobardía es totalmente incoherente con la no-violencia. La no-violencia presupone la capacidad de atacar” Y sobre este punto concluye:” Quien no puede protegerse a sí mismo, a las personas que le son más próximas y queridas o a su honor enfrentándose a la muerte de forma no violenta, puede y debe hacerlo tratando violentamente con el opresor. Quien no puede hacer ninguna de las dos cosas es una carga” (o. c. 79). Y al comentar que hay que resistir a la injusticia afirma:” Sin duda la vía no-violenta siempre es la mejor, pero allá donde no sea posible, la vía violenta es necesaria y honorable. En este caso, la inacción no es más que mera cobardía y pusilanimidad, que debe ser evitada a toda costa” (o. c. 84). Jesús de Nazaret es el modelo de resistencia no-violenta.