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Juan XXIII

Los males que sufrimos no pueden ser eliminados por un ataque violento en el que un sector de la humanidad lanza contra otro su furia destructiva. Nuestros males son comunes y la solución de los mismos sólo puede ser común. El primer deber de cada persona es recuperar su “buen criterio”, fruto de escuchar a nuestra Inteligencia Espiritual, y así también la sociedad recuperará la sensatez.
Al recuperar “el buen criterio” nos deshacemos de la carga de intolerancia de la acción pasada, que deja de verse como irreversible. Santo Tomás habla de la “ceguera de la mente” (Summa Theologica, II, IIae, q.15, art.1.). Cree que toda persona posee un principio de visión intelectual (IES) al que puede optar en prestarle atención o apartarse de él. Es decir, puede  reconocer su voluntad, o bien rechazarlo voluntariamente dejándose absorber por el amor hacia otras cosas que le son más deseables que la claridad intelectual. Pero la capacidad para el perdón no es simplemente una operación mental estimulando la benevolencia hacia los ofensores, se trata de una inmolación del propio yo empírico, mediante la compasión y el sacrificio, para salvarse y liberarse a uno mismo y al otro. Perdonar a los demás y olvidar su ofensa es entrar con ellos en el reparador misterio de la muerte y resurrección de Cristo, regresar a la fuente del Espíritu que es el corazón de Cristo. “No puede haber paz en la Tierra sin el tipo de cambio interior que devuelve al ser humano su cordura” (THOMAS MERTON, Abadía de Getsemaní, abril de 1964)