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El ser humano, cuando actúa, nunca lo hace impulsado por una causa moral. Siempre actúa moralmente, pero lo hace por amor a una causa con la que se identifica. La búsqueda de la persona del sentido de la vida es una fuerza primaria y no una racionalización secundaria de los impulsos instintivos. Es cada uno de nosotros quien tiene que encontrar el sentido de su vida (voluntad de sentido), en contraste con la voluntad de placer del psicoanálisis freudiano y en contraste con la voluntad de poder de la psicología de Aider. La vida humana no cesa nunca. Y al decir esto incluimos al sufrimiento, la agonía, las privaciones y la misma muerte. Es por esto que el sufrimiento tiene un significado.
Ahora bien, para descubrir el sentido de nuestra existencia, necesitamos el silencio, pero no un silencio vacío, sino un silencio contemplativo. Somos un ser habitado por una Presencia amorosa. Y para entrar en el Misterio y dejar escuchar su Palabra iluminadora para nuestras vidas, necesitamos callar y adorar. Necesitamos entrar en la “nube del no saber” para escuchar la Palabra que el Padre tiene para cada uno de nosotros. Se trata de un silencio elocuente.
La Santa Presencia que nos habita y habita todo el cosmos, es trinitaria. Es el Amor. Dios no es un solitario. Es una relación interpersonal de tres personas: El Padre, que es el Misterio; el Hijo, que es la Palabra surgida del Misterio; y el Espíritu Santo, que es el silencio, receptáculo necesario para que la Palabra se encarne creando todas las cosas y el silencio necesario en nuestro interior para escuchar la Palabra divina que nos hace descubrir el sentido de nuestra existencia.