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Cuando le preguntaron al presidente Truman si le había costado tomar la decisión de lanzar las bombas atómicas sobre unas ciudades, respondió: “Oh, no! La bomba atómica no fue una gran decisión… Se trata simplemente de una arma nueva y poderosa en el arsenal de la justicia” Cf. J. TOLAND, The rising sun, Nueva York 1970, 867). Los humanos somos la especie más cruel del planeta: matamos no en virtud de una necesidad, sino por una supuesta lealtad a determinados símbolos, como la bandera o la patria, convirtiendo el matar en un principio básico. Estamos ante la “enfermedad de la especie humana”, basta leer el periódico o escuchar las noticias. Si ante tanta barbarie no tomamos una resolución es que estamos deshumanizados de una manera espantosa.
La tarea es gigantesca y nos pide un cambio radical en la manera de pensar, una transformación profunda de nuestro estilo de vida y la colaboración generosa en una transformación radical de toda la vida pública. Hoy ser cristiano equivale a ser constructor de paz en todas sus dimensiones. Hemos de vencer nuestro propio miedo y ver nuestra propia implicación en esta enfermedad mortal, pues la violencia o la hostilidad no es un aspecto de la salud humana, sino una enfermedad, una mezcla confusa entre la estupidez y la malicia. Y esta enfermedad no se vence ni con instrucción ni con la condena. La persona sana es dueña de un lenguaje amable, de una comunicación pacificadora y comunitaria, que mira por sus semejantes y sus descendientes.
Para poder consagrarse a la causa de la Paz, que todo lo abarca, hay que estar llenos de fe en el don de Dios que lo sobrepasa todo y hay que unirse a la misión de Cristo, que es nuestra Paz, asumiendo todas las consecuencias. Solo así podremos “cambiar las espadas en arados” (Is 2.4)